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contracorriente

Una función de altura

Fue Mowgli. Trepaba a las palmeras y ahora se pasa horas en las nubes. Sus alas son las telas. Atrapa la liana, se la enreda y baila con el aire

 

Rüll Delgado. - FRANCIS VILLEGAS

Gema Guerra Benito Gema Guerra Benito
08/06/2019

Ícaro quiso llegar al sol. Se enfundó las alas y alzó el vuelo. Cuanto más alto subía, más quería elevarse. Fascinado por la altura, desatendió el consejo de su padre Dédalo y desencadenó su fatal desenlace. Por fortuna, este no es más que un mito griego bien usado para hablar de la virtud de la prudencia pero muestra algo más. Al sol no se podrá llegar pero volar es posible. Y si no que se lo digan a Rüll Delgado (Tenerife, 1982), que se pasa las horas en las nubes. Es otro pájaro. Sus alas son las telas. Se desenvuelve en ellas con una agilidad que embelesa. Atrapa la liana, se la enreda y al cielo. Prudencia debe haber porque no hay nada más juicioso que saber lo que uno hace, pero a la vista de otros ojos, los inexpertos, parece la mayor insensatez posible. Nadie se lo dirá en pleno acto, decir las cosas en mitad del meollo no es prudente, suerte que sus bocas abiertas hablan solas. Eso sí, cuando acaba la función, seguro que no faltan voces que le sermoneen si está en su sano juicio.

A él no le importa que se pregunten si vive con la cabeza a pájaros. Como le ocurrió a Ícaro, cuanto más alto sube, más quiere elevarse. Está más cómodo a metros sobre el suelo. Se atreve a sobrevolar el teatro romano de Mérida y cada año un foco le apunta mientras desciende de la torre de Bujaco. «Me la conozco de memoria». Es su rutina. Lleva en el aire doce años, los mismos que en Extremadura. No recuerda cuando empezó su idilio con los altos vuelos aunque asegura de pequeño fue Mowgli. «Un niño salvaje, moreno y con el pelo largo». Su infancia transcurrió en Las Canarias y los ratos libres los aprovechaba con su familia en Punta del Hidalgo, un pueblecito pesquero. Trepaba a las palmeras, se colaba en las cuevas, ni un risco quedaba al paso. «Las vecinas me pedían que me colara en su casa cuando se olvidaban las llaves porque subía por la fachada». Él se justifica con un «siempre fui curioso».

Ahora se gana la vida con la herencia que le dejó su isla aunque con un tono de piel más claro y la melena recortada. Igual de inquieto es su perro Coco, que le acompaña a todas partes. El can si conserva su melena rizada aunque sabe que no debe acercarse a las telas.

Rüll llegó a la península llegó de «casualidad». «Jamás». Esa es su respuesta a si pensaba vivir algún día en Cáceres. «Pensé que quién había construido esta ciudad, más de 28 grados para un isleño es insufrible». Ahora su percepción ha cambiado. «Soy poliamoroso». Aclara. «Soy un enamorado de Extremadura y un enamorado de las Canarias». Recorrió kilómetros para trabajar en una compañía cacereña que necesitaba a alguien que hiciera acrobacia aérea. Es acróbata aunque él diga que no. Es actor «con herramientas». «Cada uno tiene su mochila y yo tengo mi destreza física, el movimiento». Por fortuna, su salto al vacío con el tiempo se convirtió en una oportunidad y llegó a trabajar para cuatro compañías a la vez. Ahora combina el teatro, el aire y la enseñanza. «No tienes una larga vida laboral con el trabajo físico, hay que buscar alternativas». Reparte sus clases en Enso, en el colegio San José y en Aldea Moret. «¿Cuántas horas?». «Muchas». No le cuesta porque gusta enseñar. En primera clase del martes sus alumnas no superan los diez años y se cuelgan de las telas de colores con soltura. Parece un juego pero es más. «Ayuda a controlar tu cuerpo, sirve para evitar lesiones y para canalizar la energía porque cuando estás ahí arriba tienes que estar concentrado. «Me siento un superhéroe», le espetó uno de sus alumnos.

«¿El sitio más alto?». «Un edificio en Madrid, si no era rascacielos estaba cerca». Ese día compartió escenario con Pedro Aunión, el famoso acróbata que falleció hace dos años en un accidente mientras trabajaba en un festival de música. Aún le duele recordar a su maestro, su mentor en la danza aérea. A pesar de la experiencia y de los años, Rüll confiesa que cada que se enfrenta a la altura «siente miedo». «Está bien, ayuda a no perder la perspectiva de dónde estás». De hecho, el único accidente que ha sufrido lo provocó el «exceso de confianza». «¿Qué sientes cuándo estás arriba?». «Libertad». La libertad siempre compensa al miedo.

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