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(los fantasmas de la) CALLE SUR

Viejos enamorados

Hoy Pedro ha vuelto a pisar los caminos que llevan a las cumbres. Allá arriba terminan los andurriales de irás y no volverás. Punto final. No hay más allá

 

Viejos enamorados -

Fernando Valbuena Fernando Valbuena
26/05/2019

Hace cuarenta años acampó en aquellos riscos mi centuria. Los riscos siguen allí. Impertérritos. Verticales. Inquebrantables. El pueblo tenía, por aquel entonces, ochocientos habitantes. Hoy, de ochocientos quedan ocho. Y de mi centuria, solo uno. Pedro, que toma aliento junto al río. El río, allí, corta los corazones de las montañas (y de los hombres que las habitan). En sus orillas solo se escucha un rumor de soledad. Y, en el agua que corre, como fantasmas, desdibujados, asoman recuerdos: la ciudad de lona, el fuego del campamento, la canción de la hermana luna,…

A María se le muere su padre todas las mañanas. Cada día se le vuelve a morir por vez primera. Vive con su marido, Germán, un viejo casi centenario. A María, la muerte de su padre le pilla siempre por sorpresa. A él, que se le muera el suegro con tanta frecuencia, ya no le extraña.

Hoy Pedro ha vuelto a pisar los caminos que llevan a las cumbres. Allá arriba terminan los andurriales de irás y no volverás. Punto final. No hay más allá. Solo barrancos. Y el vuelo de las rapaces. Pedro es un buen camarada. Andariego. Listo. Y limpio. Cuando habla se le nota que limpia a diario la camisa con que envuelve el alma. Pedro tiene dos ojos para ver el dolor de los que sufren. Y ve (mientras camina). Pedro va subiendo. En un recodo, una cruz, y, al viento, el eco de las canciones de juventud. Al llegar, en la plaza, no hay nadie. Casas destartaladas y, delante de cada casa, un banco vacío (por si alguien quisiera ver pasar el tiempo).

María, que rondará los noventa, se enfurece cada amanecer con su marido. Y no tiene mesura su enojo. Con un palo golpea inmisericorde al pobre viejo. Y el viejo se defiende en escuadra de amor. Allí, perdidos, ajenos a que hoy se vota, escondidos en sí mismos, allí dos viejos se aman a palos cada mañana. Ella, sañuda, le insulta porque ayer murió su padre y él no le avisó a tiempo para el funeral. Siempre el mismo crimen, siempre los mismos palos. Los dos en la misma casa; una casa que, al aguardo, acecha a que se mueran para morirse ella también.

Nadie. Nadie, salvo los vencejos horadando los vientos. Nadie, salvo las campanas sonando a deshoras. Nadie, salvo las voces enterradas en el cementerio. Nadie, salvo los goznes oxidados chirriando en las puertas desvencijadas. Nadie, salvo ocho. Ocho frente al mundo que danza a sus pies. El más joven tiene casi ochenta. No tienen bar. Ni botiquín. Ni autobús. Solo bancos corridos. Los ocho, cada tarde en asamblea, a solas con el tiempo que les queda. Ocho no. María nunca aparece; ha perdido la cabeza. Germán tampoco; tiene que cuidarla. Seis, solo seis, en asamblea cada tarde, sin relojes, a solas con el tiempo que les queda.

No es la primera vez que Pedro sube hasta allí. En la pisada conserva el aire del campamento. A Pedro cada recodo del camino le enfrenta consigo mismo y con su vida allá abajo. Vuelve a subir para que le hablen los paisajes y las gentes que, allá arriba, resisten. Y, si se tercia, comparte charla en uno de los bancos con quien se la quiera dar.

Es la geografía del abandono. Solo zarzas. Solo hiedras. Los tejados desplomados, las paredes rendidas,… La escuela sin niños. Sin maestro. En una calleja sin vecinos, cual silente centinela, una higuera silvestre. En un zaguán, un viejo arado abandonado. Y ellos,… abandonados también. ¿Por qué no se fueron? ¿A qué esperan? ¿A morir en la misma habitación en que nacieron?

Ella le pega,… le pega duro porque cree que es un ladrón que ha entrado en casa para robar. Mientras le pega da voces como alaridos. Él amansa los palos que le muelen. Han entrado a robar, pero no ha sido él. Ha sido el tiempo. El que media entre cada una de las muertes de su suegro; cincuenta años ya desde que murió por vez primera. El tiempo les ha robado el aliento. Y a ella, con saña amarga, la razón. Pero siguen allí. Sin ayudas. Sin visitas. Sin relevo en la guardia. Bajo un techo en ruina. Allá donde las nieves son perennes. A las puertas del paraíso. Y, cuando ella se duerme, él besa, enamorado, sus manos.

Se acerca ya la noche. Pedro ha de volver. Al bajar recuerda… «es mi castillo la tienda donde habito, mi Rocinante es el viento del pinar, es mi tizona la letra de mi estilo, mi Dulcinea es el alba sobre el mar,…» Atrás quedan dos viejos desarbolados que, cada amanecer, a palos, se cantan los madrigales del amor más hermoso. Mañana, al clarear, un gallo los pregonará muertos. Abrazados. Y el cierzo, inhumano, batirá con fuerza las ortigas.