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festival de Mérida

Un ‘Prometeo’ incitante

 

Una escena de la representación de ‘Prometeo’ en el Teatro Romano de Mérida. - EFE / JERO MORALES

Al fin, el Festival en sus dos últimos estrenos: Antígona de Sófocles y Prometeo de Esquilo (coproducida en esta ocasión por Pentación Espectáculos de Cimarro), nos ha ofrecido propuestas que penetran en los contenidos dramáticos de la antigüedad clásica, que siempre deberían estar ante la demanda del espacio y ante la advocación bajo la que se celebra el evento emeritense.

La obra Prometeo considerada la más fácil para su interpretación literal y la más difícil para su interpretación crítica, se había representado tres veces en Mérida, siendo su primera vez en 1996, por la compañía griega Attis Theatre, dirigida por Theodoros Terzopoulos con el título Prometheus Bound. Una función impresionante, que se recuerda como el mejor espectáculo de compañías extranjeras participantes en el Festival. La barrera idiomática no fue obstáculo para que lograran un sonado éxito en el Anfiteatro Romano, pues la brillante versión fiel con la recreación del mito clásico unió a su lectura poética/social/política sus experiencias del teatro didáctico (Bretch, Müller) y sus implicaciones personales, pulsionales y emocionales. Todo montado con un lirismo expresionista desbordante en las voces desgarradas y los cuerpos de los actores, dotados de características de los ritos dionisiacos que expresaban la memoria de su historia física y social.

La versión de este Prometeo producido por Pentación es de Luis García Montero, que considera las hipótesis de la trilogía que escribió Esquilo, asentada también en los fragmentos conservados de Prometeo liberado y Prome­teo portador del fuego, sobre las luchas por el poder de los dioses griegos, incorporando argumentos de los primitivos elementos mitológicos de la Teogonía de Hesiodo: el titán es castigado por su excesiva filantropía y vuelto a condenar, por negarse a revelar su secreto, dejando entrever el posterior rescate que mostraría a Heracles venciendo al águila que devoraba su hígado y la reconciliación con Zeus. Todo, tratado con una original transposición de los hechos más significativos a la actualidad, resaltando siempre la esperanza de que la lucha del titán, que resiste a la ira del dios, sirva para que la inteligencia y la libertad vivan y empujen a la sociedad hacia el progreso. Y todo, a través de un viaje de un mismo personaje desdoblado en dos –Prometeo joven y Prometeo viejo– que dialécticamente y con relucientes metáforas recorren del pasado al presente los trágicos momentos que ha vivido la historia de la humanidad.

La puesta en escena es del experto José Carlos Plaza, el director que más veces –después de Tamayo– ha representado en el Teatro Romano. Conoce perfectamente el espacio y como, casi siempre, logra sacar un buen partido al texto (hace dos años montó con éxito La Orestiada, también en versión de García Montero). Con el rigor que le caracteriza, maneja impecablemente los elementos artísticos componentes. Aquí, destaca la belleza de una escenografía hecha sobre una miscelánea de cuadros simbólicos sobre el espanto de la historia que dan relieve al monumento y la de unos alegóricos vestuarios, ambos genialmente iluminados en sus respectivas escenas (con solemnidad dramática). Luego, son rotundas las atmósferas y la dirección de actores que conforman un incitante espectáculo acompasado, a ritmo de tragedia y de breves rupturas de comedia, en sus confrontaciones dialécticas.

En la interpretación, Prometeo viejo sirve de lucimiento para un veterano actor como lo es Lluís Homar, que derrocha energía y precisión en cada una de sus intervenciones, tanto de carácter trágico como humorístico. Fran Perea (Prometeo joven), borda el personaje en un rol contundente y claro, mostrando su difícil lucha humanitaria. Amaya Salamanca (Io), me recuerda su parecida interpretación a la de La Orestiada, aquí desdoblándose en la célebre vaca, inspirada con voces que fluyen con mágica y clara naturalidad. El resto del elenco y coro también hacen un trabajo rotundo y fascinante, con organicidad y equilibrio tonal, del que brota el sentido litúrgico de la tragedia.

Las gradas del día del estreno casi se llenaron de un público que aplaudió intensamente.

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