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Don Juan en el púlpito

 

No había quien te librara de ir a misa todos los domingos; a misa de 11, que era la de los niños y siempre cantaba Valerie, una profesora que tenía una academia privada de inglés con mucho renombre y que era lo único divertido, por lo esnob. Luego era costumbre parar con tus padres en el Asador El Sol, donde Pepe, que se había venido del País Vasco, ponía cerveza fría; yo me tenía que pedir una Fanta de Naranja porque mi madre decía que la cafeína de la Coca Cola no era buena para un niño de 11 años.

Sin embargo, aquella mañana no fue como las demás en la iglesia de Santa María. Una pintada acababa de aparecer en la fachada con un ‘No a Valdecaballeros’. Se formó una gran revuelta porque entonces no era como ahora, que están todas las calles llenas de garabatos; antes hacer una pintada, además en la puerta de una iglesia y en un lugar tan dado a la apatía social como Don Benito, era un acto de auténtica rebeldía y reivindicación.

La tierra dividida frente a la nuclear. No entendía muy bien toda aquella algarabía porque mi tío trabajaba en la construcción de uno de los reactores. A ellos les hicieron una colonia de chalets con aire yanqui, puertas en color, chimenea, salón de dos alturas, piscina, pista de tenis... (nosotros, que a lo más que habíamos llegado era a darnos unos remojones entre las ranas del Guadiana).

Viajábamos con frecuencia a ese pueblo de La Siberia, donde los bares no paraban de hacer caja y las muchachas acudían a estudiar FP de Peluquería al Instituto Cuatro Caminos porque de pronto fue un negocio pujante peinar los pelos de tanta esposa de ingeniero. Al Claret empezaron a llegar internos, y por allí andaba Mariángeles, que era tan guapa y tan rubia que me parecía estratosférica. Yo a lo mío, tenía 11 años, cosas de críos. Pero, eso sí, recuerdo a don Juan el cura, subido al púlpito, diciendo ese domingo que a la casa de Dios se iba a rezar, no a hablar de política.