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Crítica de 'La Grazia': el cautivador elogio de Paolo Sorrentino a la buena política
El director explora la política italiana y los remordimientos en la obra, donde un presidente íntegro debe decidir sobre indultos y la ley de eutanasia

Fotograma de 'La Grazia'
Nando Salvà
'La Grazia'
Director: Paolo Sorrentino
Intérpretes: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque, Massimo Venturiello
Año: 2025
Estreno: 1 de abril de 2026
★★★★
Aunque Paolo Sorrentino ha hablado de las entrañas de la política italiana y del peso de los remordimientos repetidamente a lo largo de su carrera, hasta ahora no había abordado ambos asuntos en una misma película. A diferencia de los primeros ministros a los que retrató en ‘Il Divo’ (2008) y ‘Silvio (y los otros)’ (2018) -Giulio Andreotti y Silvio Berlusconi, respectivamente-, el protagonista de ‘La Grazia’ no es un individuo corrupto hasta la médula sino un hombre íntegro y honesto, que aspira a ofrecer una herencia valiosa para su país y que, a punto de abandonar la presidencia de Italia, debe decidir si concede el indulto a dos personas encarceladas por matar a sus respectivos cónyuges -con motivo-, y si aprueba la ley que regularía la eutanasia en el país.
La película adopta un ritmo paciente, una mirada compuesta de grises y un tono elegíaco que riman con las incertidumbres morales, los fantasmas personales y los miedos ante el futuro que azotan a su protagonista y, tal vez, reflejan también las inquietudes del propio Sorrentino acerca del paso del tiempo y el legado que aspira a dejar. Entretanto, ofrece al director la oportunidad de atemperar notablemente su tendencia al exceso manierista y la grotesquería, faltar a su costumbre de cosificar el cuerpo femenino y, en suma, hacer una apuesta por la austeridad y la contención -de acuerdo a sus estándares, entiéndase- sin duda bienvenida: al bajar el volumen, al fin y al cabo, facilita que oigamos lo que quiere decirnos. Y hay algo más que permite a ‘La Grazia’ puntuar extra: considerando cómo está el patio, su retrato de un líder político caracterizado por la abnegación y la compasión, y dedicado al bien común, es todo un ejercicio de radicalidad.
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