Calidad y autenticidad
Bodega Encina Blanca de Alburquerque: vinos auténticos nacidos en la Sierra de San Pedro
Diseñadas con un propósito claro: ofrecer caldos genuinos, fieles al paisaje que los vio nacer

Encina Blanca de Alburquerque. / Cedida

Hay bodegas que elaboran vino… y hay bodegas que cuentan historias. En lo alto de la Sierra de San Pedro, la Bodega Encina Blanca de Alburquerque ha sido diseñada con un propósito claro: ofrecer vinos genuinos, fieles al paisaje que los vio nacer. Su filosofía es simple y ambiciosa: cuidar cada detalle desde la viña para alcanzar un único destino posible, la calidad y la autenticidad.
Aquí, la elaboración se entiende como un arte que empieza en el campo. La vendimia manual marca el primer paso, seleccionando racimos uno a uno antes de que entren en bodega. Tras el despalillado, la uva fermenta en depósitos de acero inoxidable con control preciso de temperatura y sistemas automáticos de remontado que permiten una vinificación óptima, tanto para sus blancos vibrantes como para sus tintos llenos de carácter. Tradición y tecnología, mano a mano.
La excelencia nace en la tierra. Las hectáreas de viñedo propio son una conquista paciente, un legado vivo que recupera variedades autóctonas milenarias: Zurieles, Verdejo Serrano, Bastardo Blanco, Folgasao, Alfrocheiro… cepas rescatadas de viñas abandonadas o redescubiertas gracias a investigaciones minuciosas. Cada una aporta aromas, estructura, textura y memoria. Es un mosaico vitícola irrepetible.
El entorno lo explica todo. Suelos pobres y poco profundos, altitudes en torno a los 400 metros, pendientes desafiantes, días luminosos y noches frías. Una climatología dura que exige esfuerzo y recompensa con vinos de intensidad extraordinaria. En la viña se trabaja con reverencia: parcelas vinificadas por separado, cajas pequeñas para la vendimia, crianza en roble francés nuevo para realzar lo que la tierra ofrece sin maquillar.
¿El resultado?
Vinos que vibran. Blancos luminosos, complejos, que celebran la diversidad de las variedades extremeñas; tintas elegantes, profundos, con fruta madura y taninos sedosos. Pero más allá del sabor, lo que distingue a Encina Blanca es su propósito: preservar un legado. Cada botella cuenta la historia de una tierra, de quienes la cuidan, de lo que significa ser y sentir Extremadura.
Aquí la sostenibilidad no es un reclamo: es una forma de vivir la viña. Sus producciones son ecológicas y sus vinos para sentir, para recordar, para contar.
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