Opinión | Tribuna abierta
Dios, patria, familia
Solo unos pocos conocerán el pensamiento de Platón, Marx o Nietzsche, los más críticos con esto
La familia está sobrevalorada. Y no es rencor tras el tráfago navideño -¡lo juro!-, sino una reflexión genérica. ¿Por qué otorgamos una prioridad incondicional al lazo familiar sobre otro tipo de relaciones sociales? ¿No es el vínculo entre amigos -por ejemplo- más libre, racional o desinteresado que el básicamente genético de los parientes?... De otro lado, la familia -esa cosa nostra excluyente y emocional- es, a menudo, una estructura opuesta al interés común que representan la sociedad civil o el Estado (cuando no es -el Estado- más que el órgano de expresión de la oposición entre familias). Por eso, para evitar la corrupción política, el filósofo Platón se propuso eliminar la familia, al menos entre las clases dirigentes. Marx, Engels y parte de sus secuaces no tenían mejor concepto de ella. Para estos, la familia patriarcal -ligada desde antiguo a la propiedad privada y a la dominación de clase y género- era una estructura a erradicar de la sociedad comunista. Más, a pesar de todo esto (o precisamente por ello), la familia sigue siendo hoy algo insuperable. Aún en Occidente, y sin anclaje ya en la reproducción genética o patrimonial, la familia romántica basada, no ya en los hijos o en la herencia (¿qué necesidad de hijos o patrimonio heredable tiene el trabajador moderno?), sino en el mero hábito afectivo y la lealtad sexual (más que en el «amor» -comunicación íntima, complicidad, proyecto común...- que es más cosa de amigos), sigue siendo, al decir de la mayoría, lo primero y más importante.
Lo segundo, a lo que se ve, es la patria. A un porcentaje numeroso de ciudadanos les ha dado este año por exhibir banderas y gritar consignas patrióticas, alentando con ello el ataque al modelo de convivencia cosmopolita, universalista y solidario que alguna vez quiso soñar Europa. El caso catalán es un uno más de esa corriente separatista, esencialista e insolidaria que siguen alguna de las regiones o paises más ricos de nuestro entorno -con la particularidad de contar aquí con la incomprensible comprensión, cuando no el apoyo decidido, de una izquierda política nominalmente no nacionalista-. Pero el separatismo catalán, como cualquier otro en el contexto europeo, no puede prescindir de la justificación patriótica (no tiene otra). El «queremos seguir nuestro propio camino» del independentismo supone un «nosotros», un «nuestro» y un «lo vamos a hacer mejor», es decir: un «pueblo», un «patrimonio del que apropiarse», y un «somos mejores que vosotros (o, al menos, sin vosotros)», todas las creencias, en suma, que forjan esa unidad de destino en lo universal que es cualquier patria.
Y tras la consagración de la familia, y el retorno de las patrias, aún queda el otro baluarte típico de la desigualdad y las relaciones de dominación: la religión. A diferencia de lo que ingenuamente se opina, la religión sigue tan viva como siempre. No hay más que consultar datos. La mayoría de la población mundial (y más importante aún: la más prolífica) se declara creyente. De otro lado, aunque los índices de religiosidad suelen ser inversamente proporcionales a los de educación, esta, en muchas zonas del mundo, está ligada, cuando no dedicada, a la formación religiosa. En nuestro propio país, salvando las (enormes) distancias con respecto a las teocracias islámicas y casos similares, la religión confesional está presente como opción de obligada oferta (y como obligatoria, en la práctica, en la mayoría de los colegios concertados) desde la etapa infantil al bachillerato (es decir, durante dieciocho años, muchísimo más que cualquier otra optativa). En justa correspondencia, las familias españolas musulmanas y de otras confesiones exigen la misma oferta de formación religiosa para sus hijos. Y, mientras todo esto ocurre, las enseñanzas más críticas, como la filosofía, son marginadas, aquí en España y en casi todo el mundo, de manera que solo una exigua porción de ciudadanos conocerá alguna vez el pensamiento de Platón, Marx o Nietzsche, justo tres de los más grandes críticos de la familia, la mixtificación nacionalista o la religión.
Así que así seguimos y seguiremos: Dios, patria y familia. ¿Qué año nuevo decían?
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