Opinión | Tribuna abierta
¿Pero no son los tontos más felices?
No es posible ser feliz o justo sin desarrollar el saber racional apropiado
Una de las características del populismo (especialmente de derechas) es el rechazo de todo lo que asociamos a la esfera de lo «intelectual». El caudillo populista se presenta siempre como hombre de acción y no de palabras; en él se destacan la determinación para cambiar las cosas, la voluntad inquebrantable, la emoción patriótica, pero no la perspicacia intelectual o la reflexión crítica. No es que tenga que ser un patán inculto (no es imprescindible), pero sí una «persona sencilla» («como lo es su pueblo») en clara oposición a las «élites intelectuales» que «corrompen al país». Al político populista le basta la inteligencia práctica al servicio de un aparato ideológico asimilable al «sentido común» (en los populismos moderados) o a un designio mesiánico (en los más extremistas).
La idea de que el gobernante puede, e incluso debe ser intelectualmente mediocre -algo extraño al pensamiento político clásico- está relacionada con una creencia consustancial a la modernidad europea y al régimen que mejor encarna su triunfo histórico: la democracia representativa. Es la creencia de que ser más sabio o consciente de la realidad no solo no garantiza el éxito, la felicidad, o la posesión de un criterio mejor para valorar o comprender el mundo, sino que incluso puede ser un impedimento para todo ello. El exceso de conocimiento y razón pone en cuestión los valores comunes, genera infelicidad, y corrompe la bondad natural de los hombres. Esta concepción roussoniana y negativa de lo «intelectual», aunque es muy antigua (remite al Génesis bíblico y la culpabilización religiosa del deseo de saber), es hija directa del dualismo y voluntarismo modernos.
La modernidad no representa, como se supone, el «triunfo de la razón». La única racionalidad que se prodiga en la modernidad es la de la nouva scienza galileana, fruto de la reducción mecanicista de la vieja (más compleja e íntegra) visión del mundo aristotélico-medieval. Esta razón científista va a imponer como dogma (indemostrable) el criterio empirista de verdad, expulsando así del ámbito de la racionalidad a la metafísica y la filosofía moral y política. Fruto de esta escisión serán el avance de la religión (que ocupará el lugar de la metafísica racional) y de la democracia (si no es posible un conocimiento racional de lo que es bueno o justo, solo cabe recurrir a la suma de votos u opiniones). A las cuestiones metafísicas y político-morales solo cabe, pues, responder desde la voluntad (la fe) y la opinión de la mayoría; criterios que son, también, aquellos con los que se justifica el liderazgo populista: la fuerza de voluntad (y, a viceversa, la voluntad de poder), el «sentido común» y el apoyo de las masas.
El anti-intelectualimo moderno, con su raíz religiosa (rebrotada en el fideísmo protestante y sus variantes contemporáneas -como el evangelicalismo-), es, decimos, consustancial al populismo conservador (sus valores -la familia, la patria, la tradición...- formarían parte de ese presunto «estado de naturaleza» presto a corromperse por el exceso de sofisticación intelectual). El problema es que también es consustancial a la casi totalidad de la cultura moderna, especialmente la anglosajona (tan tradicionalmente recelosa de la «intelectualidad» como apegada a la religión y la democracia). Hoy día, el anti-intelectualismo es el nexo de unión entre movimientos tan dispares como el neoconservadurismo y el ecologismo radical, y empapa y vertebra la cultura de masas (de inspiración anglosajona), la espiritualidad «new age», los movimientos alternativos o el «pensamiento postmoderno».
Sobra decir que el anti-intelectualismo no es más que un prejuicio irracional. Ni los tontos son más felices, ni el pueblo más noble que las élites, ni estas más justas por el hecho de haber sido elegidas por aquel. Ni, en general, es posible ser feliz o justo sin desarrollar el saber racional apropiado (el conocimiento de lo que nos hace precisamente justos o felices). Aún así, y pese a su falsedad, estas creencias poseen una gran fuerza mítica. De ellas, en distinto grado, vive el populismo, pero también la democracia y la civilización modernas. Ese es el problema.
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