Posiblemente existen regalos intangibles que los Reyes Magos ojalá hayan tenido que repartir a manos llenas esta madrugada. Quizá sean los más preciados porque escaseamos de ellos. La situación política actual requiere, por ejemplo, grandes dosis de un antirruido potente que logre moderar el alto volumen que nos espera en la legislatura que parece cerrada para comenzar mañana. Aunque sospecho que, por momentos, se hará ensordecedor porque este país avanza hacia escenarios desconocidos donde todos, políticos y ciudadanos, estaremos a prueba. Por eso deseo que los Reyes Magos hayan dejado en nuestras casas esa dosis de paciencia necesaria para no convertir el ruido en costumbre en los próximos años.

Pero más allá de la política, que lo cubre y contamina casi todo, hoy me gustaría contarles que sus majestades nos hubieran regalado un poco más de esa virtud tan importante que es la empatía. Ponerse en la piel del otro para entender mejor otras realidades y no solo la nuestra, tan acostumbrados como estamos a mirarnos demasiado nuestro ombligo. Nuestra sociedad solo mejorará si quienes mandan logran captarlo. Ojalá este haya sido uno de los regalos más repartidos.

Del amor y sus excesos, si ustedes son así de afortunados, solo les diré que esta rareza debería ser aún más valorada si tenemos en cuenta lo importante que es para ser un poco más felices. El amor y la felicidad, esos lujos de las sociedades modernas, siempre tan dispuestas a escatimarlos a cambio de prisas, desengaños y años en la mochila.

Por eso esta mañana, al levantarme temprano y abrir los regalos que me dejaron los Reyes Magos, he echado en falta una buena caja de paciencia, una máquina para fabricar silencio y un dispensador de abrazos cuando no sepa cómo darlos. También un fumigador de malos humores, cansancios y decepciones. Piensen en ese regalo que no se puede tocar con las manos y que les gustaría tener para el resto del año. La vida, claro que sí, puede ser más bella. Hasta con nueva legislatura y todo.

*Periodista.