La crisis sanitaria provocada por el coronavirus ha traído consigo la económica. Muchas empresas han tenido que utilizar los ertes para intentar aliviar la carga económica derivada del paro de sus actividades. Se les ha facilitado el acceso a créditos con unas condiciones muy ventajosas y otras medidas económicas y de contratación a las que muchas familias, o ninguna, pueden acceder.

Pero junto con ambas crisis ha aparecido otra tan contagiosa como la primera: la de la jeta empresarial. Y es que una ocasión de desventaja como esta no iba a ser desaprovechada por lobos y hienas. «Quédate un poco más», «ven este domingo», «no puedo pagarte el kilometraje como antes», «ahora tienes que hacer más funciones por el mismo sueldo»... son algunas de las frases más utilizadas por la patronal desde que la actividad empresarial se ha reactivado.

Algunos incluso traspasan la línea de la decencia para acudir a la bajeza de la guerra psicológica: «es por tus compañeros», «piensa en la empresa», «hoy por ti, mañana por mí». Ante estas brillantes frases más de uno habrá recordado aquel día que pidió cambiar el turno para llevar a sus hijos a la cabalgata de Reyes o cogerse los días que tocan por la operación de su padre y sus peticiones no fueron atendidas.

Y es que, como en el Monopoly, la banca siempre gana, en este caso la patronal: en el mundo laboral quien siempre paga el pato es el trabajador. Bienvenidos a la era del coronajeta, barra libre para los excesos y abusos de la patronal por «el bien de todos», no sea que los ricos también lloren y de sus lágrimas broten créditos especiales y empleados cuyos sueldos ha pagado el Estado.

Coronavirus

Hartos de limitaciones

Ángeles Ezama

Zaragoza

Me pregunto si de verdad los políticos han pensado bien las consecuencias de las medidas tomadas para atajar el contagio. ¿O simplemente actúan movidos por la improvisación y el miedo a no poder controlar brotes como los actuales? Se dice que las personas afectadas son más jóvenes, los casos son más leves y hay muchos asintomáticos. Y sin embargo las medidas que están tomando son extremas. Porque todo ello tiene severas consecuencias sobre el cuerpo y la mente de las personas, en las relaciones sociales y en la economía de España (que ya está bastante depauperada). Además, como siempre pagamos justos por pecadores, quienes sí cumplimos las normas nos sentimos apaleados cada día; porque cada medida no sé si alcanza a los incumplidores, pero los cumplidores estamos hartos ya de tantas limitaciones.

Si tienen que vigilar los botellones, las fiestas, los entierros y las reuniones multitudinarias y otros eventos que propician la propagación del virus, que lo hagan. Pero, por favor, dejen ya de presionar a quienes estamos ya más que hartos de esta persecución mediática y política. Debe ser que no hay ningún otro problema de la vida nacional o autonómica que merezca la atención de nuestros políticos, que pretenden erigirse ahora en salvadores de la patria y sus habitantes, cuando habitualmente no resuelven nada en lo relativo al trabajo, las pensiones, la educación, la sanidad, la falta de personal en los servicios públicos y tantas otras cosas.

Tras las mascarillas

Baile de máscaras

Blanca Soler

Balsareny (Barcelona)

¿Que qué somos ahora? Unos desconocidos. ¿Y dentro de un tiempo? Unos ignorantes. Si antes circulábamos por la calle con la cabeza baja, los ojos pegados a la pantalla y los dedos tecleando a todo trapo, ahora ni contacto visual. Total, para ver una mascarilla más... Escondidos tras las pantallas y camuflados con unas mascarillas, damos la impresión de una sociedad de enfermos. Si poco nos conocíamos virtualmente, menos nos avendremos en la realidad. El covid-19 nos arrastró a un confinamiento y ha dejado huella, una secuela que oprime las sonrisas, una falta de comunicación, de diálogo y de afecto. De hecho, la nueva normalidad llegará cuando termine el baile de máscaras.