Empiezo a repetirme. Vivir es decantar el vino del recuerdo. De los recuerdos. No sé con certeza por qué unos sí y otros no. Por qué unos se pierden y otros vuelven una y otra vez a la memoria. Algunos vuelven tanto, los contamos tanto, que uno ya no sabe si son del todo ciertos o son fruto hiperbólico del cuentacuentos que llevamos dentro.

Les contaré una de esas historietas que he repetido mil veces, que reputo cierta, que me gusta contar y que creo que me permite entender (y explicar y explicarme) mi mundo (el mundo en el que habitan mis quereres). El mío, uno de esos mundos que se va yendo y que, al volver a contar los recuerdos de los que está hecho, recibe, en forma de aliento, el fuego de la vida.

Luis Reina, por ejemplo. El torero, el maestro, el amigo… y, para mí, ante todo, el recuerdo emocionado de aquellos aficionados extremeños, amigos y pacientes de mi padre, que, allá en Baracaldo, hablaban de un torero nacido en Extremadura. Uno de los suyos. Vitaminas para su orgullo de maltrechos inmigrantes en tierra extraña; para el mío en ciernes.

Han pasado más de cuarenta años y trato de abrazarme a las voces en fuga por los recodos de la memoria. ¡Extremeños! Como él. Orgullosos de él. Apenas era yo un mozo cuando de tanto oírles hablar de su paisano sentí curiosidad por aquella tierra, para mí, tan lejana en el espacio como en el tiempo. De Extremadura algo sabía: ¡tópicos! Extremadura se me antojada detenida en los libros de Historia por la página de la conquista. Extremadura, secuestrada entre las glorias de antaño y las miserias de hogaño. Y poco más. Al menos hasta que llegó Luis Reina.

Mi padre era de Julio Robles. Tanto que de su bolsillo organizó un festejo en Baracaldo y se trajo a Julio. Una novillada sin picadores. Capea, Julio y Antonio Cano, el torero del pueblo. Era de Julio Robles, de Antonio Bienvenida… Era de hablar de toros con otros aficionados. Muchos de aquellos aficionados eran extremeños. Bares… El Moncar, El Jarrón… ¡Qué tortillas las del Jarrón! Y ellos, los extremeños en las barras… en las calles… en Vista Alegre… Y yo, que a la sombra de mi padre, oía sin atreverme a participar de la charla. ¡Que viene Luis Reina! Pepe el largo, uno de Almendralejo que pintaba en casa, lo tenía en sus oraciones. ¡De mi pueblo! Y mi amor a Extremadura despertó entre aquellas gentes acostumbradas a ser plato de segunda mesa. Y fue Luis Reina, torero por la gracia de Dios. Extremeño por la gracia de Dios.

Ahora, este año que termina, se cumplen cuarenta años de su alternativa en Badajoz. Ocurrió la tarde de San Juan de 1980. Y no quisiera dejar morir este año triste sin la alegría de recordarlo. Recordar es decantar el buen vino. Hay recuerdos tenaces, inasequibles al olvido. Aquel año de ahora hace cuarenta en el coso de Pardaleras Luis Reina tomaba la alternativa; por padrino Ángel Teruel, por testigo Curro Vázquez. Y a Majadero de Bernardino Piriz le cortó las dos orejas...

Ahora que es tiempo de vino viejo, todo es poco para honrar al torero, al maestro y al amigo… pero si a los presentes no incomoda, con permiso del usía, yo brindo estas líneas al muchacho que devolvió a las buenas gentes, a las humildes gentes de mi barrio, de un barrio extremeño allende Extremadura, una brizna del santo orgullo de ser extremeños y proclamarlo. ¡Va por usted Luisito! ¡Y va por ellos allá donde estén!