Estos días he leído varias veces a políticos y sanitarios decir que nos encontramos en los peores momentos de la pandemia. Y yo no lo veo así. Estoy de acuerdo en subrayar, sin dramatizar, la importancia de esta tercera ola asociada a la propagación de una cepa del coronavirus más contagiosa, un setenta por ciento más, además de al exceso de confianza ciudadana, y a la locura de muchos insensatos cuando no a la falta deliberada de vergüenza de quienes se sienten inmunes a la muerte o enfermedad.

Estamos en tensión, sí, los sanitarios nuevamente desbordados, con hospitales de campaña aquí y allí preparados o en funcionamiento, con cifras que han aumentado, pero no hemos olvidado aquellos dos meses horrorosos, de marzo y abril, en el que al modo medieval una sociedad con infinidad de medios se atrincheró asustada, con pánico, en sus casas, y, sinceramente, veíamos al fantasma negro de la guadaña vagar por las calles segando vidas.

Fue espantoso, más para que quienes como yo, sufrimos desgracias familiares muy cercanas. No sabíamos qué hacer como sociedad, algo más conocían epidemiólogos y algunos sanitarios, pero por primera vez en nuestras vidas nos vimos expuestos a una plaga, una epidemia mortífera de la que teníamos lejanas referencias por los libros de historia.

A estas alturas tengo claro que, cepas inesperadamente agresivas aparte, las olas nos llegan porque bajamos la guardia. Pero es inevitable. La fatiga anímica de marzo, abril y mayo, la descargamos a lo largo del verano; mucho menos, pero hubo turismo, desplazamientos, reencuentros familiares.

Está el asunto económico, claro. Y no es nada despreciable. Toda actividad económica que por normativa oficial deba ser disminuida o cancelada, tiene derecho a la solidaridad colectiva. Ni pensionistas, ni empleados públicos, ni muchos trabajadores del sector privado, tampoco los cargos públicos con nómina, han dejado en momento alguno de percibir sus sueldos, por tanto es exigible la solidaridad vía impuesto público para actividades como la hostelería, el comercio y otras a las que el BOE o el DOE le cierran la persiana.

Esto es una sociedad organizada donde todos deben contribuir en su medida con impuestos que deben valer para situaciones como estas. La cosa está en si países de tanto fraude fiscal y economía sumergida están preparados para crisis así; lo están Alemania o Francia, sin duda, pero incluso moralmente, ¿negocios y profesionales que no contribuyen fiscalmente en la medida de su facturación real, tienen derecho pleno a ser compensados, o son lógicas sus protestas y reclamaciones callejeras?. No se les debe dejar atrás, claro, pero es una nueva lección a favor de una reforma tributaria por la que clama por ejemplo ese magnífico ejemplo de sociedad civil que es el sindicato de técnicos de hacienda, Gestha.

¿Quién tiene la culpa de los contagios? No miremos para otro lado: nosotros. Las copas de Nochebuena fueron un espectáculo escandaloso en muchas localidades extremeñas, los centros comerciales en general no respetaron los aforos. En Mérida hay un área comercial a la vista de todos y en Navidades, con los aforos legalmente reducidos, el aparcamiento seguía igualmente lleno, atestado, plagado de coches dando vueltas buscando un hueco, como lo ha estado siempre en los días señalados de compra. ¿Cómo es posible que con los aforos reducidos al treinta, al cuarenta por ciento, el aparcamiento siga al cien?

No creo a estas alturas en la necesidad de un confinamiento domiciliario como el de primavera. Ahora sabemos mucho más de lo que hacer, el problema es que no lo hacemos. En olas disparadas debe prohibirse el contacto social entre no convivientes, hay que practicar rigurosamente la burbuja familiar, como han hecho varias comunidades, no Extremadura por cierto.

Quien tenga dos dedos de frente ya sabe que debe confinarse. Ir a comprar a trabajar, salir lo imprescindible y con mucha prudencia, mudo y manco, hablando lo menos posible y tocando nada. Pero que haya posibilidad de dar un paseo, hacer ejercicio, tener una cierta libertad para usarla responsablemente.

*Periodista