Vivimos en un mundo globalizado, pero para la mayoría de las personas su horizonte de intereses termina en la frontera de su país, cuando no de su región o su pueblo. Nuestros electrodomésticos (entre otras cosas) se fabrican en China, muchos de nuestros medicamentos en la India y nuestra ropa allí o en Bangladés, pero nuestro interés por esos países es infinitamente menor que el suyo por nosotros. Ahora mismo, en Birmania sufren la represión de un golpe militar que ha aplastado una democracia que tenía solo seis años de edad, pero no se prevé que ni la UE ni los EEUU muevan un dedo por ayudar a quienes arriesgan su vida por tener libertades parecidas a las nuestras. Me da la impresión de que, cuando había menos globalización, la gente era más solidaria. No hay más que ver las protestas que suscitó en todo el mundo la guerra de Vietnam.

Vivimos también como si solo existiera una cultura, la occidental, es decir, europea, con su prolongación americana, y a pocos interesan las culturas milenarias de Oriente. Por eso es de agradecer cuando algo de estas nos llega gracias a la labor de los traductores. Acabo de leer la antología 100 poemas de Bangladés, recientemente publicada por la editorial Delta, y que reúne a 25 poetas de este país que asociamos, si acaso, con la producción de ropa, como asociábamos su antiguo nombre, Bengala, con tigres y pirotecnia. Debemos esta selección, una primicia en español, a dos parejas de poetas: los sudafricanos Peter y Anette Horn, antólogos de la primera edición inglesa, y el matrimonio germano-argentino de Jona y Tobías Burghardt, ambos poetas y directores de la editorial Delta, que los tradujeron al castellano.

Bangladés, país con 161 millones de habitantes y una de las mayores densidades de población del mundo, tiene como seña de identidad, frente a la políglota India, su lengua, el bengalí o bangla (también hablado en el Este de la India), cuya escritura tiene tres milenios de antigüedad, y que tuvo un renacimiento literario en el siglo XIX, consolidado en 1913 con el Premio Nobel de Literatura a Rabindranath Tagore, primer asiático en recibirlo, y traducido a nuestra lengua (a través del inglés) por Zenobia Camprubí y José Ramón Jiménez.

En esta selección de poetas tan diversos, me han interesado por una parte los que nos hablan de una relación distinta con esa «naturaleza enorme y desbordante» de la que habla Fazal Shahabuddin, marcada por lo fluvial (700 ríos en un país con un tercio de la superficie de España) o Shamsur Rahman, hablando humildemente con un árbol; y me ha llamado la atención la importancia de la poesía erótica en un país en el que la religión del 90 % es el Islam, aunque lo practiquen de manera más liberal que en otros países, por suerte. Véanse poemas como «El contrato de las bodas de oro» de Al Mahmud («Mis besos siempre acariciarán tu cuerpo, amada mía, libre y sin pudor»), «El viaje en balsa río arriba», de Mohammad Nurul Huda, o «La luna tajada» de Al Mujaheedy.

Por otra parte, Bangladés es también un país de urbes masificadas, que reflejan poetas como Hayat Saif: «El molino del gentío alrededor de vendedores y pregoneros / la brillante mercancía de la felicidad popular. / ¿Es este entonces el destino, / este almacén iluminado?» La denuncia social está presente en poemas como «Dame comida, bastardo» o en el sarcástico «Esos apuestos hombres armados», de Rafiq Azad. En esta selección encontramos todo un abanico de tonalidades líricas, de los mensajes reivindicativos de Mahadev Saha al misterio de poemas como «Tigre», de Habibullah Sirajee, desde el humor casi surrealista de Nirmalendu Goon en poemas como «Tal vez no soy humano» a la melancolía existencial de Aminur Rahman, pasando por la suave ironía de Kamal Chowdhury.

* Escritor