En una entrevista a Rocío Jurado en la televisión pública allá por el año 1995, una colaboradora se retrataba a sí misma al preguntarle a 'la más grande' por su talla de sujetador. Su respuesta ha pasado a los anales como un potente mensaje feminista: "El único sujetador que me importa es el mental. Ese es el que tú te tendrías que poner para no hacerme estas preguntas". La anécdota me viene a la cabeza cada vez que se vuelve a hablar del tema de la obligatoriedad del uso de la mascarilla, porque cada vez tengo más claro que la más necesaria, y la que más vidas podría ayudar a salvar, es la mental. Tener claro y presente cómo y para qué se utiliza esta medida higiénica. Ser conscientes de que un uso adecuado de la misma nos protege a nosotros y a quienes nos rodean del coronavirus y evita su propagación. Porque grabar todo eso a fuego en nuestro cerebro, nos haría darle un valor que va mucho más allá de simplemente evitar que nos pongan una multa si no la llevamos, o de ser el último complemento de moda.

Hace una semana ha vuelto a cambiar la normativa sobre su uso en toda España. Hasta ahora, en algunas comunidades autónomas era posible no utilizarla en espacios públicos, ya fueran abiertos o cerrados, si era posible mantener una distancia de seguridad de un metro y medio. Las diferentes regiones tenían carta blanca para adaptar esta norma de una forma más o menos estricta teniendo en cuenta su particularidades demográficas. Y mientras algunas, como Extremadura o Cataluña optaron por la versión 'dura', de manera que el nuevo giro no va a suponer demasiados cambios; otras, como Andalucía, Canarias, País Vasco o Galicia, decidieron en su momento que no fuera exigible en playas y piscinas, por ejemplo. Pero desde el pasado lunes, la nueva legislación vigente impone su uso obligatorio a todos los mayores de 6 años, con dos excepciones: aquellos que no puedan llevarla por razones médicas y los que hagan deporte de forma individual al aire libre.

De manera que nos podemos cruzar en la calle con alguien corriendo sin mascarilla, con el consabido respirar acelerado y en muchos casos con la boca abierta (miren a su alrededor y comprueben por ustedes mismos); mientras contemplamos gente en mitad de la nada, en un paraje de montaña, por ejemplo, con la boca y la nariz cubierta, porque así lo impone la Ley. No sé en qué momento dejamos de utilizar el sentido común para escudarnos en las restricciones como 'manual de uso' de la nueva 'normalidad'. Porque a estas alturas una quiere pensar que quién más y quién menos sabe cómo y para qué se usa la mascarilla. Y sinceramente, con los datos al alza en la mano y con la cruda realidad en la retina, no entiendo que a nadie le haga falta que otro le recuerde aquello de 'póntela'. Es de Perogrullo, vaya, que si estás en mitad de las Hurdes con tu familia, con quiénes compartes techo, el 'tapabocas' es un sinsentido; mientras que si quedas de cañas con los amigos y estáis charlando solo separados por dos codos, lo más sensato es cubrirse por higiene y seguridad.

Más cabeza, y menos leyes es lo que nos hace falta. Dicen que el hombre es el único animal que tropieza más de una vez en la misma piedra, y a los números me remito: la Covid-19 se ha llevado por delante casi 76.000 vidas y la han sufrido tres millones largos de españoles. Con la cuarta ola pendiendo sobre nuestras cabezas como la espada de Damocles, en un mundo perfecto no debería hacer falta recordarle a nadie que gestos sencillos, como lavarse las manos y llevar la nariz y la boca tapadas son una parte imprescindible e importante a la hora de parar la expansión del virus.

¿Si fueran bombas o balas los enemigos que nos acecharan en las calles, creen que a alguien se le ocurriría salir de casa sin protección, o salir a secas, si me apuran? Pensar que solo las vacunas y nuestros gobernantes van a parar esta pandemia es un error de base difícil de justificar y de entender. Así que o nos ponemos la pilas y cumplimos con nuestra parte del trato, sin multas ni amenazas de por medio por puro civismo y responsabilidad, o todo apunta a que esta crisis sanitaria se extenderá sin fecha de caducidad, como la estupidez humana.

*Periodista