Según una norma no escrita, los partidos políticos pueden hacer cuantas maniobras deseen, con la premisa de que sus fieles siempre les bailarán el agua. Los dirigentes disfrutan una y otra vez esta patente de corso, y no solo no se avergüenzan ni justifican sus bandazos, sino que además se crecen ante la permisividad de los votantes que han depositado su confianza en ellos.

En una democracia adulta los políticos deberían trabajar por el bien de los ciudadanos, y no al contrario, que es lo que ocurre con frecuencia. Pero tanto es el beneplácito que concede la militancia a sus líderes, que al final estos piensan que son dioses que no han de rendir cuentas. Y es cierto… hasta que cruzan ciertas líneas.

Es lo que ha ocurrido con Ciudadanos, que se ha sumado a una moción de censura doble en Murcia aliado con PSOE y Podemos, algo incomprensible para los votantes de un partido que hasta ahora se vendía como de centro-derecha.

Pero si alguien se ha saltado todas las normas del decoro hasta límites insospechados, ese es Pablo Iglesias. Tanto se ha creído su papel de mesías, tanto ha menospreciado la capacidad crítica de sus propios votantes, que va camino de quedarse sin ellos.

Iglesias ha vuelto años después a Vallecas, disfrazado con una sudadera de Fariñas, enviando un chusco mensaje de lo que él considera es esa zona humilde que dijo nunca abandonaría. Regresa para hacer campaña, directamente desde su mansión de Galapagar, para pedirle el voto a quienes abandonó mientras se afanaba en amasar una fortuna personal, perderse en líos de faldas y convertir su partido en un chiringuito de pareja.

Arrimadas abandonó Cataluña por Madrid, donde se está más calentito, e Iglesias abandonó Vallecas por Galapagar, que tiene piscina, jardín, parcela de 2.000 m2 y suscripción a Netflix.

Ambos han cruzado todas las líneas, ambos han firmado su propia sentencia de muerte (política).

*Escritor