Lo mínimo que se demanda de un gobernante es que sepa transmitir confianza, seguridad y certidumbre a la población. Pedir esto tampoco es exigir demasiado. Pero, con la clase dirigente actual, parece que aspirar a un cierto orden y algo de concierto es reclamar un imposible.  

Llevamos un año confirmando esa sensación que nos hacía intuir que habíamos caído en las peores manos posibles para gestionar la situación más angustiosa de nuestra historia reciente. Y, por certero que haya resultado aquel pálpito, no deja de indignar la ineptitud, irresponsabilidad y egoísmo de quienes manejan el timón del país como si fuesen niños de los ochenta a los que acabaran de regalarles su primer Scalextric.  

Durante meses trataron de justificar sus errores con la excusa del carácter inédito del desafío pandémico. Pero llevamos ya más de un año asistiendo a un siniestro espectáculo en que no hacemos otra cosa que tropezar y dar tumbos. De modo que ya no existen dudas de que, en los continuos vaivenes a los que nos someten, tiene mucho que ver el hecho de que, a menudo, prima el vulgar criterio político sobre los dictámenes científicos. Y de ahí las flagrantes y frecuentes contradicciones con que, cada día, hemos de desayunarnos.  

Pero lo que más pavor provoca es la ausencia de actos de constricción protagonizados por aquellos que saben de las graves consecuencias que tuvieron sus palabras y mandatos. Porque esto conduce, inevitablemente, a pensar que quienes circulan por los pasillos del poder tienen la conciencia atrofiada. Y eso es aterrador. 

En esta ceremonia del desconcierto a la que nos han abocado, con tantas normativas, prohibiciones, restricciones y regulaciones de quita y pon, ya solo les faltaba alentar dudas sobre las vacunas. Las noticias de casos de trombosis y la actitud dubitativa de los gobernantes ha generado cierta histeria a propósito de los efectos secundarios que pueden derivarse de la inoculación del contenido de los viales de AstraZeneca. La preocupación de la gente es razonable, porque el ministerio, además de pausar la vacunación con AstraZeneca, cambiar el protocolo y variar los grupos de edad para los que estaba prescrita, ha llegado a manifestar que no sabe aún qué hará con los menores de 60 años que ya han recibido la primera dosis de la fórmula anglosueca.  

Con afirmaciones y decisiones así es hasta normal que la gente desarrolle complejo de ratón de laboratorio, y no por las ocurrencias que se les han oído a Miguel Bosé o a Victoria Abril, sino por el errático modo de proceder y expresarse que tiene este gobierno de agitadores y propagandistas. 

*Diplomado en Magisterio