Nunca he sido capaz de aprender a solfear. Por más que se empeñó sor Mercedes en enseñarnos el tres por cuatro y las semicorcheas, eso de leer notas de corrido no se me daba bien; sólo sabía cuál era cuál sumando y restando a partir de la clave de sol, con los dedos escondidos detrás de la espalda subiendo y bajando por la escala. Me faltaba sacar la lengua de medio lado por el esfuerzo.

Haciéndome trampas al solitario, al final conseguí aprobar pero ahí quedó el traumita. Aunque lo de llamar dulce a la flauta nunca lo entendí, porque era un dolor memorizar aquellas canciones a base de repetir y repetir. En España seguro que hay alguna Asociación de Damnificados por la Música Escolar, vecinos sufridores que han medido el paso de generaciones de su comunidad a partir de los torpes e incansables ensayos que atravesaban tabiques y tímpanos y fomentaban el odio, a partes iguales, a la infancia y al inventor del instrumento, a quien ojalá Satanás tenga bajo sus posaderas.

Para mí es pura magia ver a alguien tocar bien un instrumento; sacar sentimientos de unas cuerdas, de unas teclas, de un simple cajón flamenco... Esa especie de trance que disfrutan me provoca una envidia insana, porque me sé ya fuera de tiempo (dense cuenta del recurrente y gratuito pretexto) para la disciplina y el esfuerzo.

Me cuenta un amigo que descubrió (una vez más) que se había hecho mayor cuando sus hijos tocaban los instrumentos y ya no los aporreaban. Dice que cuando nuestros hijos hacen cosas bien por sí mismos nos relegan, inocentemente (lo que aún duele más), al rincón de los de “usted ya ha cumplido, apártese de ahí, vaya pensando en viajes del imserso o en pasar el rato en tuiter”.

Me gusta la música. Muchísimo. Es capaz de hacerme viajar a cualquier parte, a otros momentos, a otras edades. Me acompaña, me hace cantar a voces cuando conduzco en soledad, me pone las pilas los días raros. Siempre digo que tengo que elegir con cuidado qué escucho a primera hora de la mañana, porque un Jon Secada o un Álex Ubago en la radio pueden dejarte el ánimo tocado y ya no remontas. Mi amiga Mari Carmen bien sabe que no abro sus enlaces musicales hasta bien pasado el mediodía, justo por eso.

En mi casa tocan el piano y suena Ludovico Einaudi, Una mattina. Y así estoy, escribiendo mientras pienso dónde tocará ir a jugar al dominó este verano con otros jubiletas. Feliz lunes.

* Periodista