En eso debo ser un tipo extraño. Tiendo a confiar en las instituciones, en la cordura de las personas que están al frente, y en la profesionalidad en general tanto de esos niveles altos como los descendentes en la escala del servicio público; y en ese sentido, confío en general en los dirigentes de los servicios de salud, médicos y enfermeros.

La mirada crítica sobre ellos no me impide guardar la calma, disciplina y sensatez ciudadanas que yo creo ayudan bastante a que un colectivo social marche bien, y más en este año que llevamos de lo que nunca conocimos ni imaginamos. No me impide por tanto asombrarme del espectáculo montado en Europa respecto a las cuatro marcas occidentales de vacuna contra la covid, y cómo la más costosa y exigente de manejar de ellas, la de BiontechPfizer –tanto monta, monta tanto- se ha convertido poco a poco, en silencio y sin saber por qué, en la dominante al igual que la variante británica lo es entre los contagios.

Sin saber por qué, o por lo menos nadie ha explicado las razones, en el último informe del Ministerio de Sanidad el 74% de las dosis de momento puestas en Extremadura son de esa marca, valga el ejemplo.

No faltan los científicos, los expertos, los profesionales, que se han echado las manos a la cabeza al ver cómo mientras la Agencia Europea del Medicamento recomendaba seguir administrando AstraZéneca, cuyos beneficios superan amplísimamente a los riesgos, ese preparado, que es el más barato y sencillo de conservar, sufrió primero un parón de 10 días, y ahora en España ha sido proscrito para los menores de 60 años y queda limitado a la franja 61-69.

La Unión Europea ha gastado en él 30 millones de euros y sin embargo se está malogrando la inversión; el 97% de los recursos para su investigación y desarrollo fueron públicos, hubo otros 45 millones aportados por el Reino Unido que no ha tenido empacho en vacunar con ella y está dando toda una lección post-Brexit al resto de Europa al disminuir de forma drástica sus ingresos hospitalarios, ingresos en UCI y muertes a causa de la covid.

La secretaria de la Sociedad Española de Inmunología, Carmen Cámara, en una entrevista expresaba su estupefacción por la decisión de Gobierno y comunidades de restringir la vacuna anglo-sueca, dejando todo el campo a otras marcas, pese a que a muchos se les puso ya una primera dosis; algo parecido a lo que ha dicho Margarita del Val, inmunóloga y epidemióloga del CSIC. Todas las medicinas tienen algún factor de riesgo y efecto secundario: se han descrito casos de anafilaxia entre vacunados con Pfizer o Moderna, según Carmen Cámara, bien es cierto que nadie se ha muerto de ellos, añadía.

Esta última experta celebraba por el contrario que con esa decisión se podrá inyectar antes a los más vulnerables, que son los mayores de 60 años, en un país en que hay jóvenes de 25 vacunados antes que ellos; en eso de las profesiones esenciales, por cierto, se ha ignorado lamentablemente la experiencia: ¿Quiénes fueron realmente esenciales en aquellos dos meses terribles de confinamiento del año pasado? Cajeras de supermercados y repartidores de paquetería lo fueron por ejemplo, pero nadie se ha acordado para vacunarles.

Hacerlo con cualquiera de los preparados disponibles es seguro, y sin duda la mejor opción, y seguramente lo sea con el último en llegar, Janssen. Pero hay decisiones políticas como las mencionadas que crean dudas e incertidumbres, baches que por fortuna la sabiduría popular ha remediado; todo el mundo quiere protegerse con la que sea.

Españoles esperando a recibir esa inyección, mientras sufren, sufrimos, el desánimo y la irresponsabilidad esparcidos con generosidad desde los dos principales lugares del país, Barcelona y Madrid. Dos gobiernos autonómicos cuestionables, sujetos a intereses de partidos y de espaldas a sus ciudadanos, responsables, junto a parte de los dirigentes políticos y un periodismo desnortado, de este clima que asfixia y mina el progreso.

*Periodista