Vivimos inmersos en una era en que lo digital va ganando terreno frente a lo tangible. Y hay sectores de la población que ven cómo la igualdad de oportunidades se les escapa entre los dedos por la tormenta de bits que alimentan instituciones, corporaciones y grandes conglomerados empresariales. 

Esta semana hemos tenido noticias de que hasta en el Libro de Familia se cambiará la tradicional edición en cuadernillo de papel por una en formato digital. La información no ha tenido demasiada repercusión porque el Libro de Familia no se utiliza con excesiva frecuencia, ya que no es requerido más allá de para acreditar el número de miembros de la familia o el estado civil en ciertos procedimientos administrativos y en el curso de determinadas solicitudes. 

En cambio, en lo vinculado a otros ámbitos y a gestiones más habituales, la digitalización forzosa y apresurada a la que están sometiéndonos está provocando no pocos problemas y trastornos en la vida de colectivos importantes y numerosos de nuestra sociedad. 

Por una parte, nos encontramos con que la Administración -obligada por la pandemia o aprovechando las circunstancias especiales que se derivan de ella- exige a la ciudadanía la realización de trámites de manera telemática, sin que haya mediado un periodo de alfabetización digital previo y habiéndose ejecutado una adaptación de los sistemas atropellada y un tanto chapucera. 

Por otro lado, se encuentra el sector bancario que, además de cerrar miles de sucursales, despedir a decenas de miles de trabajadores y cobrar ya casi hasta por dar los buenos días a los clientes, obliga incluso a los más ancianos a utilizar un cajero o una aplicación móvil para realizar gestiones tan cotidianas como pagar un recibo o sacar dinero de una cuenta. 

Muchos de nuestros mayores han demostrado una capacidad de adaptación digna de admiración con el salto digital que hemos dado en los últimos años. Pero el nivel de exigencia al que se está sometiendo a los más provectos, para acceder a lo que es suyo por pleno derecho, resulta de todo punto inadmisible. El muro burocrático de la Administración y las vallas de espinos de los bancos evidencian el desprecio y la ingratitud con que se paga a muchos de los que reconstruyeron y sacaron adelante este país. Ellos se merecen algo mejor. Y, por eso, las generaciones más jóvenes deberían dejar de observar indolentemente, y pasar a reclamar la corrección de estas flagrantes injusticias. En lugar de ello, el personal anda felicitándose por poder hacer un Bizum desde el móvil en menos de un minuto. Porque lo moderno ahora es no llevar guita ni para pagarse un café, y acabar pidiéndole la calderilla al abuelo.