Cuando el lector de este periódico sobrevuele estas líneas que ahora redacto, ya sabrá quién ha ganado en las elecciones de Madrid y, si me lee a última hora de la noche, si el Real Madrid ha pasado o no a la final de la Champions. No es mi caso: para no llegar tarde a la imprenta, escribo este artículo el martes por la mañana, horas antes del recuento de votos en los colegios electorales y un día antes del partido contra el Chelsea.

Respecto al primer asunto, las encuestas indican que Isabel Díaz Ayuso ganará con mayoría; en cuanto al encuentro de Zidane y los suyos en Londres, el resultado está más en el aire, teniendo en cuenta que el empate en el partido de ida se antoja poco esclarecedor, por no hablar de lo caprichoso que es el fútbol per se

De una manera u otra, esa expectación por lo que pasa en la política y en el fútbol ayuda a mantenernos despiertos ante un calendario de hojas inamovibles, sobre todo desde el inicio de la pandemia. Puede que la victoria de la derecha (o de la izquierda) en la capital de España, o la victoria (o la derrota) del club blanco en Inglaterra no cambien el devenir de nuestra historia, pero sí de nuestra intrahistoria, en tanto pueden alegrarnos (o amargarnos) durante cierto tiempo. 

Lo que se va a comprobar en estos dos días es si la derecha madrileña consigue dar un golpe sobre la mesa y si Zidane vuelve a callar la boca a aquellos detractores que, pese a los éxitos del francés, siguen negándole la condición de entrenador para rebajarlo a un simple alineador y gestor del vestuario. 

Zidane, como la derecha española, está siempre en entredicho. A ninguno les vale hacerlo bien: están condenados a hacerlo muy bien si quieren seguir en el puesto. Y, aun así, siempre habrá quien les niegue el pan y la sal. 

Zidane y Ayuso... El miércoles ya sabremos si hemos de tratarlos como héroes o como villanos. O quizá sigan siendo ambas cosas.