Vivimos rodeados de innumerables enemigos porque ya nadie soporta de otro un leve soplo de contrariedad. Las ideologías están como esos trapos viejos de felpa que alguien ha dejado por el suelo con la suciedad bien dibujada en cada pliegue. 

Y luego está este memorial de penas que nos ciñe el cuerpo de norte a sur; la colección de desbandadas y no de pájaros precisamente que llevamos en la cuenca de los ojos, adioses no verbalizados que han formado callo en la palma del alma. Porque si algo hemos aprendido en este tiempo es que el alma duele, que lleva trazadas mil y una rayas, y que, si nos adentramos demasiado en sus confines, resulta que llegamos aun bache, a una hondura hecha de desolaciones.

Es ahí donde estamos, en el surco, en la depresión que sobre el terreno ha ido horadando la explosiva combinación de dolor y política… pura oquedad, agujeros donde la contienda se amplifica.

Hay tantos enemigos como estrellas sostiene la noche. 

Y luego están los extremos, que apenas se rozan nos electrizan a todos;incendian los jardines de la moderación… porquela quemazón que producen posicionamientos radicales como los de Podemos y Vox tardará tiempo en cicatrizar, pero sanará. 

El paisaje que el 4-M ha extraído del fondo de las urnas ya se adivinaba desde bien lejos; desde el día en que de forma retraída los madrileños, aún con el miedo trabado al cuerpo, salieron a la calle para protestar y pasear su rabia por la gestión que el gobierno de Pedro Sánchez desempeñó en los peores momentos de la pandemia. 

Ya entonces el grito contra Sánchez recorrió sin bozal gran parte del mapa madrileño fijando en la memoria de muchos, la urgencia, la apetencia y avidez por hablar en las urnas. 

El mecanismo que activaba la esperanza de un cambio inminente se puso en marcha y no cesó en su engranaje hasta el pasado martes día cuatro, jornada en que se consumaba la aspiración de buena parte del pueblo de Madrid por expresarse y enarbolar la bandera de su profundo descontento. 

Es por esto que no se entiende del todo la extrañeza que muchos líderes políticos han mostrado al conocer los resultados. Como es sabido las urnas acarrean prodigios ocultos y noches inacabables. Unas elecciones convocadas cuando el votante tiene el alma en carne viva, producen convulsiones insospechadas y sus efectos pueden llegar hasta el infinito. 

La iluminación que necesitamos no va a venir de la política de seguir practicándose en los albañales, en los pozos negros de la agitación y la sacudida. 

Hay una sensación de malditismo al hablar de política entre los amigos; la gente teme expresar sus ideas ante el salto al vacío que supone, ni siquiera le queda un resquicio romántico al hecho de discrepar y sobrevolar ideas propias. Y de esta fatiga política, no dudo en hacer responsables a los líderes actuales que han desembocado en nuestra vida sin más habilidad para el lenguaje que el latigazo fácil y el reproche acompasado.

Al menos queda una ligera esperanza y es que en Madrid no ha arraigado la tan proclamada desafección hacia la política tradicional: había ganas de votar a pesar del aturdimiento y eso es muy buena señal. 

Otro elemento a tener en cuenta son los distintos marcos mediáticos en los que, sin remedio, y sin filtro, se dilucidan las ideas a la vez que se vapulean los hechos. La verdad se va por los conductos y alcantarillas en que algunos días se transforman las redes sociales porque no hay tiempo para que analistas, politólogos y periodistas arrojen algo de luz, sosiego y rigor. Son trincheras virtuales que reflejan la visceralidad y nos muestran como seres desquiciados. 

¿Qué fue antes, Twitter o la rabia? Algunos días por allí sólo se ven escombros. Yo lo llamo el reino de Tristia. Y como Ovidio, luchamos contra las olas ante las playas de Ausonia.

* Periodista