Pero con grafeno, que es más duro. En la escala, el no va más. No se puede torear peor, ni ser más chulo. Ábalos, por supuesto. O Ávalos, que nunca sé si es con b de embustero o con v de maquivélico. Aunque mi director, amablemente, me recuerda que es con b. Y debe tener razón porque al interfecto le faltan luces para ser maquiavélico (de alternativa al menos).

Escríbase como se escriba, sépase que a cara (dura) no hay quien le tumbe. Campeón. Corona de ortigas (tupida). Y para alzarse con la tal corona le basta con la faena extremeña. Y le sobra. Lo otro que lo cuenten otros, que lo cuentan bien. Nosotros, con lo nuestro, vamos servidos; como para hacerle un monumento en cada estación (de penitencia); a él y a los anteriores mentirosos. Ese tren de la mentira, tren de vagones innúmeros, que arrancó Fernández de la Vega (esta sí, con v de maquiavélica). La que lo prometió para 2010. Repito, 2010. El año, claro. Ya no lo prometen para 2010, pero lo siguen prometiendo a conveniencia. El susodicho interfecto, Ábalos, (a) Cara de Cemento, varias veces. Cara de cemento con grafeno, recuerden, que es más duro. Y lo hace en un desplante torero sin toro, porque aquí no hay toro.

Aquí el torito es de quita y pon. Ahora sí, ahora no. Ahora nos vamos a Madrid, ahora no. Es la misma geografía de Los Santos Inocentes (ayer y hoy). Más menos. Cuando el señorito paga las perrunillas y el billete nos vamos a Madrid. Hacemos la cabra mientras el amo toca la trompeta. Mientras hay presupuesto (y a los malos les interesa agitar el fantasmita del trenecito). Y, de paso, escribimos «¡Tren digno ya!» en el vaho de los cristales del vagón…

Ya no. Ya no hay manifestaciones. Ya no hay pacto por el ferrocarril. Ya no hay protestas cuando un ministro (o lo que se tercie) nos torea (otra vez, por enésima vez). Y es que los que mandan no quieren (y los que aspiran a mandar o no pueden o no saben). Y nosotros, los inocentes, no somos nadie. Y es que el torito no pasa de becerro. Retinto, pero becerro.

Yo no sé si el tren que nos ha de fecundar llegará o no. Doy por hecho que yo no lo veré. Ni siquiera sé si debe ser tal o cual. Con leche o cortado. No sé. Eso no lo sé. Eso lo saben Antonio García Salas y Julián Mora Aliseda, plumas sesudas que ilustran estas mismas páginas. Yo no. No sé lo que es más conveniente para los españoles (y, por ende, para los extremeños). No lo sé, aunque sí sé que estas cosas no deben medirse solo por razones mercantiles. Extremadura necesita más, porque tiene menos. Por el mismo motivo por el que el Plan Badajoz se hizo aquí y no en otra región.

Y sé también que hay mentiras y mentiras. Blancas y negras. Que las unas tienen perdón de Dios y las otras no. Porque mentir es de marranos. Al menos cuando las mentiras son negras. Negras como cuando un ministro miente a sus ciudadanos por el negro interés de partido. Negras mentiras como entrañas de mentiroso. Ábalos, con b de embustero, ha dicho que los extremeños seremos los primeros en tener nuestras principales ciudades unidas por AVE. Y descarga la suerte. Y pide los máximos trofeos por semejante boutade… Una más. Mentiras impunes que bien merecerían, de ser justos, pena de galeras.

Y, sin embargo, lo más triste no es que nos mientan sin castigo, lo más triste es que nadie irá a Madrid a manifestarse. Cuando llegue octubre no habrá perrunillas, ni banderitas, ni autobuses. Ni publicidad. Ni presupuesto. Porque la política lo babosea todo. Tampoco habrá lo que tiene que haber. Porque somos mansos. Becerritos mansos.

*Abogado