Cuando hay pocas noticias, como sucede en verano, las páginas de los periódicos se rellenan, en parte, con estadísticas. Pero algunas de estas estadísticas son verdaderos aldabonazos en las conciencias. El otro día, este mismo medio publicaba un dato impactante: los nacimientos en la provincia de Cáceres han tocado un mínimo histórico, de 1,14 hijos por mujer, menos de la mitad que en 1980. Asimismo, las madres tienen de media su primer hijo con 31,2 años, y hasta me pareció pronto, conociendo casos de compañeras de trabajo que lo han tenido a los 41, por ejemplo.

Tampoco hay mucha diferencia con el resto del país, pues la media nacional es de 1,26 y, por compararnos con el país al que más nos parecemos, Italia, allí es de 1,29, y la media europea es de 1,5. Algo baja, aunque sin duda mejor que la hipérbole de los países africanos, con una media de más de 5 hijos en Mali, Nigeria, Somalia o el Congo. Suena poco caritativo decirlo, pero si no ponen medios (anticonceptivos) será imposible que salgan de pobres, incluso si se cambiaran las reglas económicas para beneficiarlos.

Parece una fatalidad: en los sitios donde peor se vive, tiende a nacer más gente, lo cual normalmente no ayuda a que se viva mejor, sino lo contrario. Recuerdo que, cuando residí cinco semanas en Taiwán, me preguntaba, un poco ingenuamente, cómo podía vivir tanta gente en un sitio tan insufrible, con un calor y una humedad que te hacen sudar continuamente. Y sin embargo viven en esa isla, más pequeña que Extremadura, casi 24 millones de habitantes, con una densidad de población treinta veces mayor. 

"A uno le extraña que el tema de la despoblación no esté tan presente como lo está en Asturias, Aragón o las dos Castillas"

Obviamente, la gente vive donde encuentra trabajo, no donde se tiene un clima más grato y mejor gastronomía (de lo contrario, nadie emigraría al Reino Unido, con cielos nublados hasta en verano y con fish & chips como plato típico). En ese sentido, una noticia como la de la azucarera de Mérida da más esperanzas en cuanto a retener o atraer población, por asegurar un sueldo, según dicen, a mil personas (habrá que verlo), que fantasiosos proyectos como aquella Oficina de Retorno del Talento Joven que se creó en Cáceres y de la que no se ha vuelto a oír nada. 

A uno le extraña que el tema de la despoblación no esté, ni de lejos, tan presente en Extremadura como lo está en Asturias, Aragón o las dos Castillas. Y eso quesegún el Banco de España, cuatro de cada diez municipios extremeños está en riesgo de desaparición, dos tercios de ellos en la provincia de Cáceres. Un amigo, antiguo compañero de clase, no comparte esta preocupación, pues opina que la gente es libre de ir adonde quiera y que los flujos de población siempre han existido: si se pierden patrimonios locales, también se perdieron innúmeras civilizaciones y lenguas a lo largo de los siglos. Discrepo cordialmente, pues el curso de la historia no es algo fijado de antemano y hay razones para pensar que, si pudieran, muchas personas huirían de las ciudades saturadas y de costes excesivos, aparte de más inseguras, incluso en el aspecto sanitario, y buscarían un aire más puro.  

Voy a recordar dos reacciones de profesores universitarios al saber que venía de Extremadura: uno de Barcelona, que me comentó compasivo que «allí en Extremadura lo tendrás difícil para investigar, con esas bibliotecas» y al que contesté que en absoluto, pues para eso está el préstamo interbibliotecario; y una vasca, pero afincada en Madrid, que me comentó, con envidia: «Eso es calidad de vida».

Y en efecto, cada vez hay más trabajos que se podrían hacer en Extremadura, e incomparable la mayor calidad de vida de una infancia con el campo cerca, con libertad para correr y con la sorpresa de los animales, en lugar de traídos y llevados en coche, en pisos minúsculos y con el Retiro como sustituto de la naturaleza.

* Escritor