Cuando yo era pequeño, la vuelta al cole era un concepto tan sugerente como sencillo: suponía el regreso a las aulas, el reencuentro con los compañeros, el estreno de libros y cuadernos. En fin, algo hermoso y edificante que se repetía cada año a principios de septiembre. 

Pero para los padres el regreso al cole es poco menos que una cuadratura del círculo en el que hay que conjuntar demasiadas piezas: comprar los libros, los útiles de escritura, los uniformes y la mochila; desayunar con premura; preparar el bocadillo; reuniones con los profesores, someterse a los horarios de cada uno de los hijos y echar mano del comodín de las actividades extraescolares... Y, sobre todo, luchar en tiempo récord, especialmente en ciudades grandes como Madrid, en la que vivo, para trasladar a tus retoños al colegio y regresar a toda velocidad para atender tus obligaciones profesionales antes de recogerlos por la tarde. «Dar cera, pulir cera», que diríanen Karate Kid. 

Rememoro con frecuencia mi infancia, aquella cálida infancia en una ciudad apacible como Cáceres, en la que las distancias eran cortas y la vida, sencilla. Aquella infancia en la que no había que tomar autopistas para ir al colegio, no llevábamos uniformes y, en cuanto estábamos un poco creciditos, volvíamos solos a casa comentando alegremente nuestras cuitas, sin necesidad de implicar a nuestros mayores. 

Pero todo esto es una idealización, lo sé. La mayor diferencia entre aquellos años y estos es que he pasado de estar al cuidado de mis padres a ser el cuidador de mis hijos. Al menos consuela saber que mis retoños disfrutan de ese regreso al cole tal como hice yo a su edad, cuando vivir no era una lucha encarnizada contra la tiranía del reloj y de las obligaciones. 

La vuelta al cole es el regreso virtual a lo que fuimos y la triste constatación de lo que nunca volveremos a ser. 

*Escritor