Por supuesto entiendo que el escenario temporal al que se enfrenta un político electo es, al menos en una primera legislatura, corto. El primer año se esfuma entre llegar al cargo, enterarte de algo y analizar todo. Y ya te quedan como mucho tres para dejar tu marca. E intentar una posible reelección, claro. Por eso, tiene cierta lógica que se busquen ‘proyectos de impacto’. Ninguno se resigna a dejar firma para la posteridad.

En Cáceres hay varios y no exentos de polémica. Pero hay uno en concreto, espoleado desde el actual gobierno municipal, sobre el que, en realidad, me resistía a hablar. El famoso Buda. Desde el Ayuntamiento confían en que este monumento sea una marca más de la ciudad, un polo de atracción turística relevante (a nivel global, decía el alcalde. Todo el mundo podrá por fin saber localizar Cáceres «en el mapa») y, por descontado, una nueva y sugerente fuente de ingresos. Tengo mis dudas, para qué negarlo.

Parece claro que se está apostando al turismo como el dinamizador socioeconómico de la ciudad, ya que las decisiones políticas y fiscales van en ese sentido. Tiene sentido para Cáceres, que carece de una estructura empresarial potente y es, básicamente, ciudad de servicios y pymes. Pero no valdrá de nada sin un plan integral y una dirección consensuada que vaya más del corto espacio de tiempo de un gobierno local.

Un monumento como el que se plantea, incluso si tuviera el impacto en visitantes que promete, no funcionará sin tener en cuenta con una parte clave: las infraestructuras. El turismo requiere de infraestructuras de apoyo, consideradas antes de las actividades. En su ejecución viene «detrás» pero obliga a estar pensando antes, sobre todo porque conllevan un relevante esfuerzo de inversión privada y pública importante. Sin ello, este tipo de atracciones o símbolos finalmente carecen de capacidad y dejan de ser atractivos para el visitante. Eso se convierte en una pesada losa para las arcas locales: hay que costear infraestructuras caras e ineficientes. Ejemplos hay muchos en España, tras una crisis inmobiliaria que paralizó múltiples obras dejando un rastro de despilfarro público. Desde el ‘Centollo’ de Calatrava en Oviedo al Museo Íbero en Jaén. Abandonadas y manchando el paisaje urbano.

No se trata de oponerse a la promoción de la ciudad, pero tampoco de subirse a cualquier carro con la promesa de futuros ingresos o de convertirse en emblema. No es una cuestión de blanco o negro, si se sigue adelante con el templo ojalá funcione adecuadamente. Pero es que el atractivo ya lo tenemos. Necesita organización e inversión, no parece necesario crear alternativas si puedes potenciar las existentes. Cáceres ya es reconocida por su oferta cultural.

Entiendo que parezca más seductor para un político «crear», algo que permite dejar huella y es indudablemente más grato que la burocrática y poco publicitable tarea del mantenimiento. Ocurre que es lo que hace falta. Por ello resultan difíciles de comprender las críticas, prevenciones incluso inconvenientes que encuentran empresarios locales como José Polo y Toño Pérez, de Atrio. Que no sólo apuestan por la ciudad aumentando una oferta de nivel, en el centro neurálgico del turismo cacereño, nuestra parte antigua. Es que lo hacen como su ‘sede’, respetando el entorno e integrando sus proyectos en el concepto de ciudad. 

"Tiene cierta lógica que se busquen ‘proyectos de impacto’. Ningún político se resigna a dejar firma para la posteridad"

Tampoco vale el argumento de espantar las críticas simplemente por la base religiosa del asunto. El Ayuntamiento puede, por descontado, decidir dar oportunidades a otras confesiones que no sea la católica. Pero no puede sustentar sus inversiones en hacer un ‘ecumenismo cultural’. Es un argumento débil, que sólo demuestra cierto complejo y nace de un análisis sesgado que parte de la interpretación del pasado con esquemas mentales actuales (por no decir coyunturales). La ciudad tiene su tradición histórica y es invariable; es más, es su signo más reconocible. Gran parte de esa tradición histórica es católica y cuidar esa parte tiene toda la lógica dentro de la estrategia de ciudad.

No se puede desvirtuar el sentido de la ciudad por bases ideológicas cuando ya ha sido asumido como cultura por gran parte de cacereños y sus visitantes, despojando en cierta manera el origen (religioso) y quedando fijado colectivamente como tradición.

Difuminar la compostura de la ciudad por una apuesta no puede ser un capricho.

*Abogado, experto en finanzas