Escribir triste tiene consecuencias. Sin saber cómo de repente empiezas a dejar caer algunos pensamientos, se hacen nubes y de ellos llueven mundos que no estaban previstos. De fondo siempre suena música de jardín que no es más que el verbo inquieto de unos niños lejanos, mariposas que conjugan el verbo jugar. Pero no sé muy bien por qué me salen al escribir tantas tristezas. ¡De qué profundo desván se descuelgan! 

Sin saber cómo de repente las palabras brotan en el folio igual que si fueran bandadas de golondrinas bombardeando augurios sobre las azoteas, picoteando el pan de los viejos, cruzando las calles en picado emulando aviones derribados. 

Después de ser aves de paso las palabras se vuelven trazos, torpes bocetos del paisaje de la vida, meros contornos que quieren contar al detalle la inmensidad de cualquier miseria. Al escribir nos proponemos dibujar siluetas de hombres expatriados o mujeres invisibles (qué ardua tarea ésta), intentamos esculpir con la plastilina del léxico figuritas vencidas por el óxido del tiempo; en cambio la palabra ejecuta una pirueta mortal, una especie de tumbo que emborrona con su onda expansiva las sábanas blancas del periódico. Es la curvatura del miedo que se aprecia entre líneas para no decir lo que de verdad se nos vierte desde las manos hasta el teclado. Es también la sinuosidad con la que se presenta la autocensura, que camina estómago abajo atravesando meandros resbaladizos. 

He perdido la cuenta de las golondrinas que llevo estampadas contra la pared: diez gramos de peso lanzados contra el vacío y la desgana.

Con septiembre llega el decaimiento de la luz, una tristeza de colegio mayor, el desmayo de las madres que se multiplican por mil; empiezas a buscar en los cajones de la cocina los moldes para hacer bizcochos y los tarros de granola. 

"Con septiembre llega a mi balcón la palabra balneario, justo donde estaba un día como hoy, 11-S de hace veinte años"

Con septiembre llega a mi balcón la palabra balneario, justo donde estaba un día como hoy, 11-S de hace veinte años. Daban las tres de la tarde en Baños de Montemayor, estaba sentada con mi padre en el comedor del hotelito con encanto donde nos pasábamos el día en albornoz entre masajes y chorros. A esa hora nos tocaba un descanso hasta las cuatro para tomar otro baño y… ¡qué dichosa casualidad! después de varios días desconectados del mundo y las noticias, mi padre y yo - de natural curiosos-, en medio de tanto silencio decidimos pedir al maître que encendiera la televisión mientras comíamos. Algunos viejitos hospedados en tan mullida calma protestaron sin demasiado éxito, ya era tarde, la imagen en directo de una de las torres gemelas ardiendo narrada por Matías Prats nos engulló como a la niña de Poltergeist.

Asistimos al derrumbe en albornoz y sin las contracturas en la espalda, relajados y empapados del frescor de los vahos; recuerdo parte del menú de aquel fatídico día: huevos fritos con verduras al vapor y flan casero, parte del cual se quedó intacto. El saloncito empezó a llenarse de hombrecillos incrédulos en albornoz, procedían del solárium, las piscinas y salas de masajes que a eso de las cinco de la tarde quedaron vacías; toda actividad quedó interrumpida y hasta el eco de las aguas minero medicinales se evaporó como la silueta de las torres gemelas.

Mi tratamiento de salud prescrito por el médico ante una acuciante y persistente inmovilidad en la columna vertebral quedó en el aire aquella tarde. Es por ello que no olvido ni un segundo de cuanto sucedió el 11-S de hace veinte años. Por aquellos días yo me encaminaba sin saberlo a mi propia catástrofe: PARÁLISIS a causa de una afectación severa en la médula espinal que en cuestión de meses me hubiera postrado en una silla de ruedas. 

Vamos por la vida distraídos en un viajeo en amores sin pensar en las noches rojas como afiebradas, sordamente ululantes. Estamos contentos y somos felices hasta que llega un lejano relente y todo cambia.

* Periodista