Últimamente me sorprendo a mí misma viendo por todas partes a 'la mujer del vestido rojo' de Matrix. Ya saben, ese reclamo visual que ayuda a entender a Neo, el protagonista de la icónica película de las hermanas Wachowski, que nada es lo que parece. A veces es todo lo que hace falta, un pequeño toque de atención a nuestro subconsciente, para recordar la brecha insalvable entre realidad y apariencia. Me pasa cuando en medio de un momento de risas y hedonismo con los amigos, la vista se fija de pronto en una mascarilla y unos ojos tristes; cuando entro en un hospital para una revisión rutinaria y en la distancia atisbo varios sanitarios cubiertos con epis bajando a un enfermo de una ambulancia; cuando al contemplar a los niños volviendo al cole, en lo que debería ser una escena tierna y cotidiana, algo chirría cuando un profe les toma la temperatura antes de entrar al edificio. Y es entonces cuando, como al protagonista de la famosa peli de ciencia ficción de finales de los 90, me golpea la certeza de vivir en una 'normalidad' impostada y de lo único que me dan ganas es de gritar a los cuatro vientos que vivimos engañados.

Y me consta que es una farsa elegida y de alguna manera justificable. Porque después de tantos meses de pandemia, muerte y limitaciones, el personal esté deseando creer de verdad que estamos más que listos para pasar página y, paradójicamente, volver a ese pasado que siempre fue mejor. Al fin y al cabo estamos en septiembre, un mes de estrenos y comienzos, y es fácil dejarse llevar por esa sensación de que todo es posible: aprender inglés, ir al gimnasio y eliminar de nuestras vidas de una vez y para siempre la Covid-19. Los políticos anuncian henchidos de orgullo que estamos a puntos de alcanzar el 100% de la vacunación y como nuestros pequeños, que han empezado el curso estos días con todo el material oliendo a nuevo y llenos de ilusión, ponemos el contador a cero y confiamos en que todo va a ir bien, como dicen 'nuestros mayores'. Pero en medio de esa sinfonía de optimismo, ni siquiera hay que estar demasiado atentos para registrar continuos fogonazos de inconveniencia, que nos recuerdan con machaconería que nada ha acabado.

"Tenemos que aprender a convivir con el bicho. Eso está claro. Porque a estas alturas hay que ser muy bobo para no darse cuenta de que esto ha dejado de ser un paréntesis"

La semana pasada Extremadura era la comunidad autónoma con más casos diagnosticados por cada cien mil habitantes. Superamos el centenar de muertos en lo que va de quinta ola (una gran mayoría de ellos vacunados) y la presión asistencial en nuestros hospitales seguía siendo cuanto menos preocupante. Pues en ese mismo marco temporal, va el consejero de Sanidad y anuncia en rueda de prensa que está previsto para finales de mes colgar el cartel de 'The End' en todas las medidas de seguridad sanitarias establecidas hasta ahora, incluidos el toque de queda y la limitación de aforos. Y como traca final aconseja como manual de uso para navegar la 'nueva normalidad', el cumplimiento de la 'regla de las seis emes': mascarilla, lavado de manos, metro y medio de distancia, menos contactos, más ventilación y me quedo en casa. ¿Les suena familiar? Es la recomendación que el ministerio de Sanidad se sacó de la manga para la campaña de Navidad del año pasado y que como todos recordamos tuvo unos resultados extraordinarios...

Tenemos que aprender a convivir con el bicho. Eso está claro. Porque a estas alturas hay que ser muy bobo para no darse cuenta de que esto ha dejado de ser un paréntesis. Cada día que pasa pareciera que de hecho se ha invertido, y cada vez caben en él, más tiempo, más vidas, más renuncias, más planes aplazados. Y es esa sensación de espacio temporal abierto, que cada vez apunta más al infinito, la que da lugar a un hartazgo que sin duda justifica que muchos se dejen engañar por los cantos de sirena de un final que no es tal. Decía Dostoievski que en ciertas situaciones "la tolerancia llegará a tal nivel, que las personas inteligentes tendrán prohibido pensar para no ofender a los imbéciles". Aunque yo creo que si algunos por un momento logran olvidar o negar lo que ha pasado, lo que sigue pasando todavía, seguirán recibiendo 'toques' de realidad que con un poco de suerte les harán darse cuenta de que algo huele a podrido en Dinamarca. Como la mosca cojonera que se empeña en despertarnos de la siesta. O como la mujer del vestido rojo de Matrix.

*Periodista