El inicio de esa gran novela que es Los pazos de Ulloa relata la llegada de un clérigo, a lomos de su caballo, a los dominios del marqués de Ulloa. Cuando le pregunta a un peón cuánto queda para la casa del marqués, le responde: «Un bocadito, un bocadito». ¿Pero cuánto será un bocadito? El clérigo, amoscado, prosigue su camino, y cuando ve a un señora dando de mamar a un bebé a las puertas de una casucha de labrador le repite la pregunta. La buena mujer le informa de que la casa del marqués queda a «la carrerita de un can» (perro), abundando así en el enfado del clérigo, que buscaba datos concretos, no ambigüedades.

Con esta simpática estampa, Emilia Pardo Bazán ilustra la idiosincrasia del gallego, a quien suele tacharse de usar las palabras más para despistar que para ilustrar a su interlocutor. 

Yo que paso casi un mes al año en Galicia, entiendo que en cierto modo es verdad el tópico, pero no es menos cierto que también tiene bastante de gallego el extremeño, el andaluz, el asturiano, el vasco, etc. ¿Quién no conoce a alguien, al margen de geografías, que, lejos de esclarecer nuestras dudas, se expresa con irritantes bocaditos y carreritas de can?

Cualquier cosa mejor que esta casta de políticos acostumbrados a hacerse el gallego

Muchos de nuestros políticos, sin ir más lejos, se comportan como gallegos, y que me perdonen los gallegos de bien. Nos hemos acostumbrado de tal manera a que nuestros dirigentes se vayan por peteneras cuando se les pregunta por aquello que no es de su agrado, que ya no sorprenden sus circunloquios. Y además están orgullosos de sus evasivas. Notorio ejemplo es el del expresidente Rajoy. Cuando le afearon en la Audiencia Nacional, en la comisión del caso Gürtel, que diera respuestas gallegas, el expresidente contestó que no podría darle una respuesta riojana. 

Si ser riojano es ir al grano, apoyo la causa. Cualquier cosa mejor que esta casta de políticos acostumbrados a hacerse el gallego, cuando no el muerto.

*Escritor