Opinión | Desde el umbral

Desajuste

Escuchaba el otro día que hacen falta camareros, albañiles y trabajadores del campo. Unos atribuyen la escasez de profesionales que se dediquen a estas materias a lo sacrificado de estos empleos, bien por los horarios, bien por lo que de esfuerzo físico requieren. Otros lo explican aludiendo a la brecha generacional, a la ausencia de un relevo, señalando con dedo acusador a las nuevas generaciones, a un cierto carácter acomodaticio y a la falta de empeño por aprender. También hay quien apunta a la cuantía de los salarios como causa principal de la falta de personal.

Probablemente, un estudio profundo del asunto arrojaría conclusiones en el sentido de que esto es así por un cúmulo de circunstancias. Pero, para llegar a ese punto, debería existir una voluntad cierta para abordar el problema, y un afán sincero que demostrase un verdadero empeño por ponerle remedio.

Nuestra región tiene unas tasas de paro insoportables, que resultan especialmente escandalosas y dolorosas en lo referido al desempleo juvenil y femenino. Pero, al mismo tiempo, los empresarios no encuentran a personas dispuestas, y con capacidad, interés o formación, para cubrir ciertos puestos de trabajo y desempeñar determinadas funciones. No hace falta ser ningún lumbreras para darse cuenta de que existe un desajuste entre lo que el mercado demanda y lo que nuestra sociedad se muestra dispuesta a ofrecer en estos momentos. Y parece que nadie se atreve a señalar ese desajuste y a proponer posibles soluciones que aborden dos problemas que podrían paliarse conjuntamente.

El tema de la formación es primordial. Porque para ser un buen profesional en el ámbito de la hostelería, de la construcción o de la agricultura, como en otros sectores, hay que tener acceso a una formación, bien de manera reglada, en el ámbito de la formación profesional, bien a través de cursos de capacitación. Convertir en una opción plausible y atractiva esos trabajos es una condición necesaria para despertar el interés de los potenciales empleados.

Dignificarlos socialmente (esto es: rendirles el reconocimiento que a otros profesionales se dispensa), también. No menos importante habría de ser la labor de las oficinas de empleo en la puesta en contacto de empresarios y trabajadores. E imprescindible resultaría, sin duda, la voluntad institucional a la hora de convencer a una parte de la población de que siempre será mejor disponer de un puesto de trabajo y un sueldo digno que de una subvención o una ayuda para ir tirando.

*Diplomado en Magisterio