Lo que está sucediendo en Alburquerque, y el modo en que el PSOE procede al respecto de esa situación, no es algo novedoso. Lo que ocurre en esa localidad pacense viene siendo insostenible desde hace bastantes años. Pero son muchos los que se han negado a verlo, a reconocerlo y hasta a informar sobre ello. Y pocos, sin embargo, los valientes que se han atrevido a denunciar el férreo régimen, con tintes caudillistas y populistas, que se ha impuesto en un pueblo anestesiado por el clientelismo y acobardado por el trato dispensado a los no afectos a la causa. 

No dista mucho el modelo de gobernanza de Alburquerque del que tuvo Andalucía con los socialistas. Rasgos distintivos de ambos fueron -y siguen siendo, en el caso de Alburquerque- el intervencionismo, la asfixia de cualquier iniciativa empresarial o asociativa ajena a los tentáculos del poder, la omnipresencia de la administración, la utilización del empleo público y las subvenciones para la constitución de bolsas de votos cautivos y ejércitos de estómagos agradecidos, la persecución implacable de las voces críticas y las personas no dispuestas a agachar la cerviz y someterse a la omertá, una gestión de la hacienda pública desmadejada y manirrota, la constante apelación a las emociones y los bajos instintos para el rapto de las voluntades o el recurso al endeudamiento para el mantenimiento del guion de una ficción abocada al fracaso.

Afortunadamente, de todo se sale. Los andaluces, después de muchos años, supieron hacerlo cambiando de gobierno. Y, ahora, son una de las locomotoras económicas de España. En Alburquerque, sin embargo, la gangrena amenaza con aniquilar cualquier posibilidad de subsistencia. Y en ello tienen una gran cuota de responsabilidad el PSOE y los gobiernos socialistas de Extremadura y España. No cabe duda alguna de que han sido -y son- los cómplices imprescindibles para que se haya llegado a la situación actual. Durante años, han aplaudido que un dirigente local se creyera y situara por encima de la ley. Aun habiendo sido condenado judicialmente, le han permitido encabezar y manejar listas electorales adornadas con sus siglas. No han tenido empacho alguno a la hora de contravenir las decisiones judiciales para indultar la pena de cárcel del condenado. Y ahora, aun sabiendo que el ayuntamiento está en un estado calamitoso, se niegan a tomar el control, obviando que hay 200 empleados municipales que llevan hasta 11 meses trabajando sin cobrar su nómina. 

¿Teme el PSOE que algo le pueda salpicar si se levantan las alfombras? ¿Se sienten amenazados los socialistas por las revelaciones que pudiese hacer Vadillo? En Alburquerque se barajan ambas opciones. Y cualquiera de ellas retrata perfectamente a los cómplices del desaguisado.

*Diplomado en Magisterio