A veces, me pregunto quiénes eran mis padres antes de ser mis padres. Me genera una curiosidad fascinante el hecho de saber cómo era su vida antes de estar yo en ella. 

Y es que un hijo no puede llegar a imaginarse a sus padres follando en la parte trasera de un coche ni fugándose las clases para echarse un canuto detrás de los pabellones. Un hijo no imagina a sus padres haciendo nada que no sean cosas de padres porque piensa que no existieron nunca antes que ellos. 

Últimamente, hablo con mi madre de todo esto y se le ilumina la cara al recordar cómo eran aquellos primeros paseos con mi padre, cómo les gustaba salir a comer raciones de mejillones, las risas que siempre tuvieron y lo grande que era el mimo con el que antes se construía todo. Cuestión de tiempo y paciencia, me dice. Yo, en cambio, le hablo a mi madre de los fueguitos en las stories de Instagram y no me entiende. Aquí no hay ni tiempo ni paciencia, mamá. 

Esto funciona así: me gustas, te agrego, que like, que fueguito, que echamos un polvo y que para tu casa porque, chica, yo no te aguanto. 

Formo parte de una generación enferma por la instantaneidad del momento. Somos yonkis de lo efímero, de lo que no cuesta.  

Queremos un gran amor, el coche, la casa con piscina, por favor…pero, no queremos el esfuerzo que supone llegar a construir todo esto.

Nos han enseñado a odiar el camino.

Y al hilo de todo esto: de las prisas y las ansias, en la vida y en nuestro fútbol, dejad trabajar a los entrenadores. Dejad a Juan García, a Óscar Cano o a Julio Cobos, entre otros.

Dejad de enviarles fueguitos. 

Un equipo de fútbol es como el amor: necesita tiempo y paciencia para ser.

Lo dice mi madre.

*Periodista