Alberto Garzón goza de una visibilidad inmerecida desde que, debido a su nulo tirón electoral, Podemos se vio obligado a unirse a una agonizante Izquierda Unida y, después, para lograr el poder, Sánchez tuvo que pagar a Iglesias con un número determinado de ministros que no puede tocar. Lo que está claro es que Garzón habla en The Guardian como ministro de España y los que le leen fuera, porque aquí se le conoce y solo levanta ampollas, tal vez crean que le apoya un número considerable de españoles, cuando en realidad su porcentaje en votos es ridículo y representar, lo que se dice representar, se representa a sí mismo y a la escasa parte proporcional de tres millones de votantes, que no digo yo que sean pocos, pero no dan para la notoriedad con que nos castiga.

Una cree que debería ser más prudente, más leal al gobierno del que forma parte y que le proporciona su sueldo considerable y la posibilidad de soltar sus opiniones urbi et orbi, menos boquilargo, más defensor de los intereses de su país, de los que piensan como él y de los que no y menos sectario. Porque Garzón habla y se comporta antes como comunista que como español, y sobre todo como ministro español. No puede el hombre en su ignorancia de lo que es el campo, el ganadero, el empresario que arriesga su dinero y su tiempo o el inversor que confía en la marca España para mantenerse en un mercado complejísimo, insinuar siquiera que la carne española, la que sea, es de mala calidad y quedarse luego tan “oreao” como si sus declaraciones no fueran a ser un misil contra un sector estratégico de nuestra economía.

Ahora dice que no dijo lo que dicen, pero ¿cómo vamos a creerle después de difundir que el turismo español es precario, estacional y con bajo valor añadido, o aconsejarnos que no comamos carne, empujar a los juguetes a la huelga y quejarse de las flatulencias de las vacas y las heces de los cerdos?

Amigo lector, no sobra carne, sobra Garzón. Como sobran otros. Pero eso lo sabe usted tan bien como Page y Lambán e incluso Sánchez, ese presidente de triunfalismo galopante y manos atadas.  

*Profesora