Subir al desván de una casa es bucear en el pasado de una familia, en las vidas de quienes ya no están, en historias que fueron o que se quedaron a medio hacer.

Podemos mirar todo con los ojos displicentes de quienes se creen mejores, más desarrollados, más listos, y cometer el error de pensar que nosotros vivimos mucho mejor. O podemos intentar ver el pasado como lo que fue: una manera de hacer las cosas en unas circunstancias concretas.

Y lo mismo ocurre con la Historia. Siempre había creído que contar el pasado es de una objetividad inevitable, inamovible: «así fue, así se lo contamos». Das por hecho que hay estudiosos que saben lo que dicen, que tienen pruebas y teorías con fundamento. En lo que no caes (hasta que quizás es demasiado tarde) es en que hay quien escribe el relato para controlar el presente y modelar el futuro, y ahí se acaban la verdad, la objetividad y la decencia.

Imaginen que desde que empiezan a tener uso de razón les machacan con lo de que ustedes no son libres porque hay un poder empeñado en arrebatarles su identidad, sus posibilidades y sus bienes. Y así les inoculan el germen del odio, de la superioridad no reconocida, de la injusticia y el agravio. Por supuesto, quien siembra el relato de tanta ignominia se encarga de regarlo periódicamente con nuevas e inventadas historias de pasados gloriosos e injustos castigos presentes. Y así se crea una generación entera educada en el odio y la rabia, capaz de justificar cualquier hecho (cualquiera, hasta los que hielan la sangre) si es en la lucha por conseguir el lugar que creen merecer. Escuelas como fábricas de futuros convencidos del relato, que lo perpetuarán añadiendo nuevos elementos, ya sin siquiera sustento lógico, porque el nivel de convencimiento y demencia es absoluto y escapa a cualquier intento de raciocinio.

Y por eso te echas a la calle, un sábado cualquiera, a aplaudir a quien asesinó a inocentes en nombre de una mentira, a cientos de hombres, mujeres y niños, ya no por el solo hecho de no transigir con tu versión (que tampoco les preguntaron), sino simplemente porque pasaban por allí, o porque algo habrían hecho o pensaban hacer, o porque no pagaron el diezmo convenido por la causa, o porque no abandonaron su tierra, su propia casa, a tiempo de evitar el tiro en la nuca o la bomba en el coche.

Y a los demás se nos revuelven las tripas y el alma hasta el vómito al veros de la mano de vuestros hijos detrás de unas pancartas infames, pisando unas calles que ya no llenáis de sangre, pero sólo porque los pistoleros ahora están en los ayuntamientos, en la asamblea regional, e incluso en el Congreso sirviendo de apoyo al Gobierno y decidiendo por todos nosotros; y a todo eso se añade una vergüenza mucho peor: la de reconocer que toda esta tristeza, este asco, no dejan de ser de algún modo un castigo merecido porque no hemos defendido con honor y decisión la verdadera Memoria, y porque nos hemos rendido (o hemos permitido que otros se rindan en nuestro nombre) sin lucha suficiente por la Verdad y la Justicia.

*Periodista