Aunque hay muchas formas políticas para regir los destinos de las comunidades humanas, la llamada «democracia liberal» se viene imponiendo hegemónicamente, desde hace más o menos medio siglo, en el mundo occidental. Las sucesivas crisis económicas del capitalismo (indisolublemente unido a dicho sistema) venían poniendo en jaque la legitimidad de esas democracias, y la gestión de la pandemia de Covid-19 ha terminado por desvelar el inmenso engaño que subyace tras ellas. 

El tema es complejo pero el espacio me obliga a la síntesis: las democracias liberales solo lo son si se trata de mantener el orden establecido, pero no si hay que transformarlo. En el segundo caso, estos regímenes se convierten en reaccionarios engranajes antiliberales, traicionando la esencia de su legitimidad de origen. 

Antes de explicarlo es necesario recordar que la sociedad occidental no da a luz al liberalismo en parto único sino múltiple, de trillizos: junto a la igualdad y a la fraternidad. Otro día nos centraremos en el absoluto y deliberado olvido de esta última. Digamos ahora que la libertad sin igualdad radical es un trampantojo, un yugo para trasladarnos como ganado ovino a los establos del poder. 

El «liberalismo» contemporáneo no es liberal. Se trata de una adulteración llamada neoliberalismo, basada en el economicismo que, a su vez, se sustenta sobre la «financiarización», es decir, sobre el abandono de la economía productiva en favor de los casinos virtuales donde el dinero crece a costa de las necesidades de la gente común. 

Esta mecánica, aplicada a la pandemia, ha tenido un efecto sencillo: ese casino debe permanecer siempre abierto, a costa de todo, incluso de que mueran miles de personas cada día en todos los puntos del planeta. Esto ya pasaba antes. Es decir, miles de personas morían a diario en el altar del neoliberalismo: hambrunas, guerras programadas, suicidios económicos y un largo etcétera. Como decía al principio, la pandemia ha destruido el decorado y desvelado crudamente la realidad: las instituciones han tenido que elegir entre cerrar el casino (o cambiar sus normas), y que las muertes se multipliquen y prolonguen. Decisión salomónica: que siga el juego.

La gran vencedora política de la pandemia en España ha sido Isabel Díaz Ayuso porque es la única que lo ha planteado de forma abierta. Nunca quiso restricciones que garantizaran la salud, sino restricciones que permitieran mantener abierto el casino. Porque de eso se trata exactamente. Esto no va de «restricciones sí» o «restricciones no», sino de solo aquellas restricciones encaminadas a que permanezca intacto el edificio opresivo del neoliberalismo hegemónico. 

El mejor ejemplo es el llamado «pasaporte» para seguir llenando los lugares de ocio, que tiene como objetivo exactamente ese: que se sigan llenando los locales de ocio. Se ha demostrado completamente ineficaz para frenar la variante ómicron, como era obvio antes de aplicarlo, sabiendo que las personas vacunadas se contagian, contagian a otros, enferman y saturan el sistema sanitario.

Así pues, la llamada «libertad» es «libertad vigilada»: válida siempre y cuando conduzca a que todo vuelva al «orden». Ese «orden» era la crisis de 2008 extendida hasta 2019 o, lo que es lo mismo, el incremento de la desigualdad y la progresiva esclavización mediante la inteligencia artificial. 

Los políticos que excusan su inacción ante los cientos de muertes cotidianas por el virus diciendo que «hay que seguir viviendo» (algunos se dicen de izquierdas), lo que quieren decir, en realidad, es que «hay que seguir consumiendo». A no ser que para ellos leer un libro en casa o pasear por un parque con la familia, como ejemplos de actividades que no dependen de la pandemia, no sea vivir. 

«¿Quién te ha dicho a ti las copas de vino que yo tengo o no tengo que beber?» se preguntaba José María Aznar en 2007 a cuenta de una campaña gubernamental (exitosa) para reducir las muertes en carretera. En nada se diferencia aquel «liberalismo» castizo del que ahora exhiben políticos y ciudadanos que abominan de las restricciones que cuidan nuestra salud pero se muestran entusiastas de aquellas que consolidan el statu quo. Por eso la democracia liberal es ya oficialmente antiliberal, y por eso va a ser severamente cuestionada.

*Licenciado en CC de la información