Si una cosa es cierta en el ser humano es su fragilidad. Lo contó el gran pintor napolitano Salvatore Rosa (1615–1673) en un cuadro culmen del barroco. Este discípulo de Ribera se vio afectado por una peste que asoló Nápoles, ciudad que rivalizaba con París por ser entonces capital del mundo. 

La pandemia de entonces acabó con su hijo, su hermano y una hermana. El profundo dolor le llevó a representar una imagen dantesca: La muerte-canina obliga a escribir a un recién nacido la dura frase «La concepción es un pecado, el nacimiento es dolor, la vida es trabajo, la muerte una necesidad»

Sin embargo, ante la aplastante realidad que estamos viviendo no quiero caer en el derrotismo de Salvatore Rosa. El hombre es frágil, pero también crisol de muchas virtudes que muchos se empeñan en ocultar por oscuros intereses. La pandemia pone negro sobre blanco nuestro lado más solidario. No puedo dejar de acordarme de los profesionales de la sanidad de primera línea y mal remunerados que juegan el físico en los cribados masivos y en los centros de salud, a veces en condiciones laborales que dejan mucho que desear. Tampoco puedo olvidarme de los amigos y vecinos que se ofrecen a asistir a los infectados dejándoles víveres en los ascensores, haciéndoles la compra o simplemente animándolos en su convalecencia. 

Cuando se está enfermo la realidad cobra su verdadera dimensión. Lo que creíamos grandes problemas empequeñecen. La vanidad se deshace como un azucarillo. Lo que antes era una gran ofensa se trasforma en una bagatela y solo importa el amor en cualquiera de sus acepciones posibles. Lo malo es que pasará la pandemia y volveremos a nuestras miserias cotidianas. ¿O no? De nosotros depende subir nuestro nivel de conciencia planetaria a un estadio superior.