Opinión | La columna

Con todas las bendiciones

En los pueblos se sabe todo. La información trepa por los tejados, baja chimeneas y se cita, en la plaza, con el río de chismes que viene por el alcantarillado. Es difícil que algo no trascienda así que, cuando Pedro le dijo a su hermano que un cura había abusado de él en el colegio cuando apenas tenía 7 años, su hermano le creyó. Y eso, que donde ellos vivían no era un pueblo, sino una gran ciudad, una capital de las que se sitúa ahora en los primeros lugares del ranking poblacional. Pero entonces, en aquellos setenta, la ciudad portuaria, abierta, moderna y cosmopolita que había sido siempre estaba constreñida por más de 30 años de represión política, moral y sexual. Como a medio crecer, como en silencio. Con la verdad atravesada siempre en la garganta.

En esta gran ciudad castrada y condenada a no crecer, Pedro -o Pablo, o Manuel, porque el nombre no importa, son los hechos los que son terriblemente reales- soportó durante años que un párroco, maestro en el colegio religioso al que iba, le dejara sin patio todos los días, cerrara la puerta de la clase con llave, le sentara en sus rodillas y le tocara el pene. Día tras día, semana tras semana, curso tras curso. Y con solo siete añitos. Siete escasos años de experiencia en la vida y sin saber todavía cómo lidiar con ella.

 Imagínese usted con siete años. Imagínese o intente recordar cómo era, cual su entorno, su día a día, en su, casa con su familia, con sus amiguitos, o con usted mismo, a qué le gustaba jugar, donde se sentía libre y esas enormes ganas de aprender y vivir. Recuerde a quien admiraba, quienes eran sus referentes, sus apoyos, la mano que le sostenía, acompañaba y alimentaba. Pero sobre todo, por encima de todo ello, recuerde usted su enorme confianza en la vida y, al mismo tiempo, su inmensa vulnerabilidad e inocencia. Y entonces, imagine usted que no es usted y que, por unos instantes, es Pedro. Solo por unos segundos. E imagínese esa náusea todos los días durante toda su vida.

Poco a poco, Pedro fue creciendo y, por fin, el cura dejó de encerrarle en el despacho y apareció otro sentimiento atroz, la culpa. ‘¿Qué habría hecho mal él para dejar de ser el preferido?’ se preguntaba. Porque el terror funciona así: el depredador te come y tu sientes mal si no dejas que te coma o si deja de hacerlo. No lo digo yo, lo dijo Pedro en la primera entrevista que concedió 40 años después de estos hechos. Cuarenta. Veinte los tuvo que destinar a hacer como que no había pasado nada y cada vez que venía el recuerdo, el corazón encogido, la garganta doliente, los enviaba de una patada al rincón del olvido. Así durante 20 años, hasta que no pudo más y se lo contó a su hermano. Y así descubrió que él había sido una víctima más de un religioso que, durante años, estuvo agrediendo sexualmente a decenas de niños con el conocimiento general del resto de compañeros, de la dirección del centro y también de las familias, en muchos casos.

De hecho, la familia y la Iglesia han sido, desde siempre, dos de las instituciones de poder en los que más se han permitido, realizado, ocultado y protegido los abusos sexuales a menores y adultos, sobre todo a mujeres. Se ha permitido tanto tanto que incluso ahora, muchas de las víctimas prefieren llevarse el secreto a la tumba antes que exponerse y sentirse de nuevo vulnerables, masacradas, culpables. Ahora que por fin han conseguido rehacer su vida.

Pedro ya no guarda rencor, explicó. Sabe que él no hizo nada malo, que era solo un niño y un adulto se aprovechó de él, pero sí le duele saber que mientras él lidiaba con psicólogos y terapeutas, rompía relaciones y las cosas no le acababan de salir, el abusador murió tranquilo, con todas las bendiciones de la Iglesia, su perdón y absolución.

*Periodista