Cuando mi hijo muy pequeño me relató cómo se había defendido en una brega de patio escolar y le alabé lo valiente que había sido, me preguntó si era absolutamente obligatorio ser valiente, porque él prefería esconderse a la primera señal de matonismo. Luego me pidió permiso para «ser cobarde y estar tranquilo» y por supuesto se lo di, parcheando mi falta de reflejos con la explicación de que el valeroso siempre sería él si evitaba la pelea y elegía la paz o el diálogo. Me he acordado de este dilema al observar los elogios cargados de ardor guerrero a la población de Ucrania, a su heroísmo cuando de un día para otro la cotidianidad consiste en fabricar cócteles molotov con lo que tienes a mano en el escobero de casa. Un domingo haces planes para las vacaciones y el lunes estás helándote en un búnker con tus vecinos y cuatro cosas indispensables en una bolsa de deportes porque un gobernante precisa el chute de imperialismo que alivie la testosterona en declive, porque su idea de la política no pasa por vivir y dejar vivir, ni en su casa ni en la ajena. La retransmisión al segundo de esta guerra está provocando una intoxicación de épica. La foto de una joven escritora ucraniana vestida con ropas de camuflaje y sosteniendo un fusil se ha publicado infinitas veces, con la noticia de su muerte en combate y comentarios (más o menos afortunados) relativos a su arrojo, sobre todo en comparación con nuestra debilidad de europeos blandengues y satisfechos. No me tengo que preguntar si ella hubiese preferido publicar otros libros y sumar años a su biografía antes que unirse a una milicia, va a resultar que ahora los literatos son mejores si disparan desde las trincheras contra un ejército profesional armado hasta los dientes. Así no se gana una guerra. Los ucranianos que huyen a Polonia, los que habitan aterrorizados a kilómetros de la línea de fuego y los que están negociando también son valientes. Y se merecen que Europa les ayude con algo distinto a armas que no saben ni tienen por qué saber emplear. Es una crueldad tener una visión romántica de una resistencia a la invasión rusa que no acabará bien sin una intervención exterior contundente. Debemos echarles una mano firme, pero una que no sostenga una pistola ni tampoco una calculadora para saber cuánto nos va a costar estrangular la economía rusa hasta que su líder pare los bombardeos. 

No hay que ser valientes a la fuerza, ni perdonar lo imperdonable. El ataque de Vladímir Putin a un país que aspira a ser europeo ha despertado un alud de críticas a la falta de gallardía de la Unión, que no se ha preparado para la guerra convenientemente, como si respetar el derecho internacional y las reglas del juego democrático fuesen comportamientos decadentes y las fronteras más importantes que las vidas de la gente. Ya se han perdido neutralidades y apalabrado incrementos del gasto militar, el señor de la guerra se nos ha llevado a su huerto saliendo de una pandemia que nos ha exprimido. 

Ojalá funcionen las sanciones económicas a las que se están resistiendo los poderosos que comparten intereses con la oligarquía cercana al Kremlin, aunque no representen la ayuda más rápida ni la más generosa con Ucrania. Son medidas cuyas malas consecuencias, según dicen, recaerán en la ciudadanía rusa cuyas opiniones nos llegan con cuentagotas. Otro pueblo al que pronto se exigirá una dosis extra de valentía, retransmitida en tiempo real.

*Periodista