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Alberto Hernández Lopo

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Alberto Hernández Lopo

Los fallos en el mercado

Los bancos centrales son órganos políticos también

No es necesario ser un agudo observador para relacionar el crecimiento de los extremos políticos con la crisis económica (en cierto modo, irresuelta) que se enseñoreó por toda Europa en la década pasada. Martin Wolf, editor jefe del Financial Times, lo contó hace ya un lustro, avisando de que, en cuanto hubiera un nuevo bache en el camino, redoblarían los tambores.

Ahora la tendencia señala que es el ala derecha quien aprovechará el momento, visto que los «indignados» han tomado posiciones en gobiernos de todo el continente sin traducir sus postulados en acción. Porque es un fenómeno pendular. La reacción, visceral, lo es siempre frente a quien ostenta el poder. Así que funciona yendo de un arco al otro en un movimiento de atracción gravitacional.

No me deja de asombrar que cuando falla el estado o los resortes públicos, la solución política que se ofrezca al ciudadano sea aún más estado. O quizás sea lo epatante que se compre en cada ocasión.

Entre las grandes economías mundiales (Europa, Estados Unidos, China) la más vulnerable ahora es, sin duda, nuestra Eurozona. No es cuestión de cercanía al conflicto en Ucrania ni tardanza en la salida de la crisis pandémica. Nunca hay un solo factor «detonante» sino una combinación de ellos. Pero si representamos el eslabón débil es, sobre todo, por la acción de los poderes públicos.

Tras la eclosión de la pandemia, los bancos centrales a nivel mundial decidieron poner facilidades de crédito de la forma clásica para ellos: la política monetaria. Más dinero en circulación. Y en Europa, el BCE no sólo inundó los mercados sino que compró directamente deuda de los estados. Esto, claro, se interpretó como una relajación por los distintos gobiernos, que vieron ampliado su margen de gasto. 

Incluso, la FED y el BCE vieron con buenos ojos el crecimiento de una inflación que se había mostrado plana en la década anterior. 

Todo fue una malinterpretación del comportamiento de la demanda: no era una caída estructural de demanda sino meramente coyuntural, producto de confinamientos y restricciones de movilidad. La bajada de precios de los productores “engañó” a los bancos centrales, que pensaron que era necesario espolear la demanda. Pero la carencia de consumo se debía a que los principales gastos familiares (ocio, servicios, turismo) no estaban disponibles.

Al igual que minusvaloraron los cuellos de botella logísticos, entendiendo el fenómeno como operativo y no como el efecto financiero que era. Ahora agravado por la invasión en Ucrania.

Ambos factores (relajación monetaria y crisis logística) eran inflacionarios, por eso nos encontramos con la necesidad de frenar la economía para controlar una inflación que daña especialmente a los ciudadanos. Es un “impuesto” en la sombra, que reduce nuestro poder adquisitivo.

Si la Eurozona representa el eslabón débil es, sobre todo, por la acción de los poderes públicos

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Los estados, además, recibieron las inyecciones en la idea de paliar una caída de ingresos por la falta de consumo. De nuevo, era un efecto transitorio. 

Los estados se vieron con mayor capacidad y sacaron el bazooka del gasto, tan agradecido para aquel que puede repartir el destino de los fondos. En España se hizo un «café para todos», ya sea por magnanimidad, por venir de una errada igualdad (no ecuanimidad) o por mero interés político. El caso es que en no pocas ocasiones nos encontramos frente a la ausencia de planes sectoriales o sentido estratégico en las ayudas (había sectores claves para la economía española que estaban afectados con mayor profundidad, como el turismo). Tampoco cesó el afán recaudatorio del estado, que ponía en marcha mecanismos como los ERTE de fuerza mayor pero seguía exigiendo cuotas inasumibles para pequeñas empresas y autónomos. Resulta sorprendente que el estado saque pecho del aumento de recaudación fiscal con empresas que no pueden asumir los préstamos ICO (avalados en un alto porcentaje públicamente) y el paulatino aumento de la morosidad o los concursos.

Nos toca recordar aquí que los bancos centrales se dicen independientes, pero son órganos políticos. El caldo de cultivo de la recesión que viene no nace del mercado ni de las tensiones del sistema. Son precisamente las perversiones generadas por la intervención: en forma de estímulos y de flexibilidad en el déficit. Todo eso lo paga (caro) el contribuyente.

Pero ya verán cómo la solución que se proponga desde la política (incluso la derecha más tradicionalista, a la que no le cuesta echar mano al proteccionismo) será que el estado lo gestiona mejor. Porque el mercado «falla» por sí solo.

Esta vez, dirán, será diferente.

*Abogado, experto en finanzas

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