Kiosco

El Periódico Extremadura

Fernando Valbuena

A la intemperie

Fernando Valbuena

Vivir para ver

Se niega a una fotografía con desprecio de su cargo y con desprecio de los cargos de los demás

Vivir para ver. Cuando creíamos mermada en extremo (si no perdida) la ocasión para gozar de asombros nuevos, la vida, vivir para ver, nos hace abrir los ojos. Ojos como platos cuando en eso viene una ministra y se niega a fotografiarse con hombres si no posa junto a ellos alguna otra mujer. El asunto tiene su guasa. Se niega con desprecio de su cargo (y con desprecio de los cargos de quienes pretendían retratarse junto a ella). Lo hace a las bravas, saliéndose del cuadro a la carrera, como los niños malcriados cuando se empecinan en imponer su voluntad a la de sus padres. Sin disimulos, torciendo el gesto y poniendo pies en polvorosa. Tal cual. Repito, toda una ministra; que no se trata de una perturbada del común, en todo caso, de una perturbada ministra. Pasmoso.

En lo particular, nosotros, los feos, hemos agradecido siempre que un grupo de mujeres se fotografiara a nuestro lado. Así lo recuerdo. Y no creo que recuerde en falso. El motivo por el que se hicieran la foto, fuera por misericordia, fuera por interés, era lo de menos. Lo agradecíamos siempre azorados. Y, por supuesto, no echábamos en falta la presencia de varón alguno que equilibrara el número de los sexos (y, de paso, compartiera aquella efímera dicha). Al menos así era cuando imperaban el sentido común y las buenas maneras, cuando aún no se nos enfrentaba a las unas contra los otros por mero interés de partido.

Pero en este caso el bochorno es público porque nace del incumplimiento de las obligaciones del cargo. Tales obligaciones, cuando no las buenas maneras sin más, imponen ciertas servidumbres que cualquiera con dos dedos de frente es capaz de entender y que, en caso de no entender, le inhabilitan para el cargo que ocupa. Así, lo de Nadia Calviño, es de traca. Un supino despropósito. Y, como parece mujer educada, no creo que el dislate sea fruto de la mala educación. O, al menos, no solo (porque mala educación hay desde el momento en que se falta al debido respeto). No sé si se trata más bien de alguna consigna de partido mal digerida, de alguna leve tara siquiátrica, de la perniciosa influencia de algún compañero del Consejo de Ministros (no descarto al propio presidente) o de la escucha en bucle de la emisora del Gobierno. No lo sé exactamente. Sea cual fuera su origen, la actitud de Nadia Calviño, ministra de España, pudiera calificarse de desequilibrada, desnortada, destartalada, descuajeringada y hasta desquiciada.

Tamaña falta de sentido común daña la convivencia. Y más la daña por ser quien es la dañadora

decoration

Tamaña falta de sentido común daña la convivencia. Y más la daña por ser quien es la dañadora. Que la ministra aspire a que una parte de los ciudadanos (en concreto, las ciudadanas) ocupe puestos de más alta responsabilidad que los que ocupa a día de hoy -puestos de esos que abren las puertas a foto oficial con ministra- no deja de ser un desiderátum de parte. Yo sigo pensando, pese a la ubicua presión, que los mejores (no los mejoros, ni las mejoras) son los que deben ocupar los más altos cargos, con independencia de lo que tengan entre las piernas. Y, si la ministra considera que quienes ocupan esos cargos no son dignos de la foto sin el visto bueno habilitante de algún jarrón chino de sexo femenino, la ministra ofende a la inteligencia y, dicho sea de paso, a la dignidad de las mujeres. Sin más. Ya lo dijo en una ocasión Ortega y Gasset refiriéndose a Salvador de Madariaga y bien pudiera decirlo también en esta ocasión: se puede ser tonto (o tonta) en cuatro idiomas, los cuatro idiomas que, al parecer, habla Nadia Calviño. Lo triste es pensar que además de algo lerda, y por entero mal educada, es vicepresidenta del gobierno de España. Y si esta es la lista… ¡cómo serán los tontos! Vivir para ver…

*Abogado

Compartir el artículo

stats