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El Periódico Extremadura

Jero Díaz Galán

Lluvia fina

Jero Díaz Galán

Periodista

Cibernecios

No tenemos secretos para las grandes tecnológicas que nos utilizan

Hace ya unos años encontré en un centro que la SEO-Bird Life tiene en Doñana unos cepillos de dientes de bambú que entonces apenas se comercializaban y que mi hija me había comentado que los quería para reducir el uso del plástico. Compré uno y, al pagarlo, hablé brevemente con la chica que atendía ese espacio de «merchandising» sobre lo difícil que era encontrar este tipo de productos. Luego, yo continué mi tarde disfrutando de la marisma en primavera, extasiada con la imagen que ofrecen los caballos de las retuertas pastando libres, mientras revolotean a su alrededor las abubillas y los milanos.

En medio de este idílico paisaje, al sur del sur, donde algunos sitúan la Atlántida, es donde yo descubrí algo tan prosaico como que estaba siendo espiada, que alguien tenía que haber escuchado sí o sí mi breve conversación en el centro de la SEO porque, de vuelta al hotel, al abrir mis redes sociales, todo se inundó de anuncios de cepillos de dientes de bambú.

Ahí no había habido búsquedas, «cookies», ni autorizaciones, porque el teléfono, salvo para hacer alguna foto, había estado toda la tarde en mi bolsillo. George Orwell y su «Hermano Mayor» o «Gran Hermano» se estaban haciendo realidad más allá del algoritmo medio siglo después en un lugar apartado de la costa de Huelva.

En estos tiempos de Inteligencia Artificial, la natural es cuando más parece brillar por su ausencia, y Pegasus ha venido a demostrarnos que ni siquiera los servicios de inteligencia tienen cualidades para ser reconocidos como tal.

Al margen de este escándalo político, que deja al aire nuestras debilidades y también nuestras vergüenzas, convendría recordar que mal de muchos es consuelo de tontos y que permitir que nos espíen, como todos hacemos, nos convierte en una sociedad de «cibernecios», sin ningún secreto para las grandes tecnológicas que nos utilizan.

Hace ya bastante tiempo que se viralizó aquella frase en la que se dejaba claro que «si no pagas por algo, no eres el cliente, eres el producto», fiel reflejo de lo que ocurre con nosotros y nuestras redes sociales, pero ahí seguimos navegando sin ningún tipo de protección ni pudor por los mares cibernéticos, lo que hace que el algoritmo nos conozca mejor que nuestra madre.

Además, mientras quienes nos gobiernan tenían que estar preocupados y ocupados en el diseño de leyes que pongan coto a las grandes tecnológicas y estipulen que estas tienen que dejar de espiarnos y empezara pagar, vía impuestos o como sea, por el lucrativo negocio del comercio de nuestros datos, descubrimos que ellos mismos están infectados de Pegasus, porque, como escribió recientemente Marta Peirano, «cada uno espía en su casa e Israel en la de todos».

A mí me parece muy serio esto del espionaje comercial al ciudadano de a pie y me parece extremadamente grave el político a todos los niveles, porque, sea doméstico o internacional, a quien se le espía ha sido elegido para representar o para gobernar a unos ciudadanos en un sistema democrático que tiene perfectamente regulado como intervenir las comunicaciones de una persona, si se considerase necesario, y que tiene determinada la función y el control a que deben someterse los en muchas ocasiones torpes servicios de inteligencia.

La democracia no debería oler nunca mal y mucho menos a cloaca, un tufo que en el caso de la española rebasó hace mucho tiempo los niveles soportables. Aquí se demuestra un día sí y al otro también que «algo huele a podrido en Dinamarca», la mítica frase que William Shakespeare utilizó en Hamlet para hablar de política y de los políticos. 

Al «Homo Cibernecio» se le redujo el cerebro, se le curvó la columna y le crecieron desmesuradamente los dos dedos pulgares

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Por otra parte, la intimidad de cualquier ser humano debería continuar sellada con lacre y no es comprensible que apoderarse de la correspondencia ajena sea un delito tipificado el artículo 197 del Código Penal, mientras sigue sin regularse, después de más de dos décadas de generalizarse internet y de más de diez años de la llegada de los «smartphone», que podamos ser espiados a través de nuestros teléfonos móviles, que es donde ahora guardamos absolutamente todo, incluidas nuestras conversaciones privadas con los demás.

A lo mejor, cuando pasen algunos siglos, se estudiará que en la época de la Inteligencia Artificial el hombre, a través precisamente de su teléfono inteligente, fue evolucionado hacia una nueva especie, el «Homo Cibernecio», ya que se le redujo el cerebro, se le curvó la columna y le crecieron desmesuradamente los dos dedos pulgares de tanto darle a la «cookie» y regalar sus datos, sin ningún tipo de cautela, para que otros se hagan ricos, muy ricos, inmensamente ricos, a su costa y sin reclamar nada a cambio.

*Periodista

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