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El Periódico Extremadura

Diego Fernández Sosa

Tribuna abierta

Diego Fernández Sosa

Profesor de Lengua y Literatura

La lengua contra la literatura

Ambas materias se unieron en una sola asignatura con bases argumentales erróneas

Más allá de los proyectos de creación de nuevas asignaturas y de la perpetua controversia sobre la religión, el discurso en torno a la validez educativa de los contenidos de una determinada materia escolar es inexistente. 

Es cierto, sin embargo, que bajo el paradigma «cambio curricular» se han publicado numerosos trabajos en los últimos años, aunque de muy dudable influjo en quienes redactan y deciden los currículos oficiales de la enseñanza. Ni la comunidad docente ni la larga nómina de leyes y ministerios de educación de la democracia española han procurado estimular una transformación que se adapte al signo de los tiempos en lo que concierne a todo aquello que se enseña en el aula. 

En el ámbito de los centros educativos, este discurso apenas se manifiesta, debido quizás al espíritu gregario del profesorado. Hasta donde yo sé, nunca se han puesto en marcha formulaciones voluntariosas, iniciativas críticas bien argumentadas y dirigidas a que el sistema tome conciencia en términos de validez, racionalidad, distribución y conveniencia de los contenidos que se imparten actualmente en la enseñanza primaria y secundaria, incluido el bachillerato. Lo cual debería empezar a pensarse no solo en función de fundamentos pedagógicos, sino también de la palpitante experiencia del docente.

En el caso de la lengua y la literatura, ambas disciplinas quedaron integradas con la LOGSE (1990) en una sola materia, bajo la idea de que esa unión equivalía –según establecieron los pedagogos de entonces– a un mayor enriquecimiento recíproco, puesto que ambas comparten una misma entidad, que es la lengua española.

Pero lo cierto es que esta unificación se formuló conforme a bases argumentales erróneas, entre otras cosas porque la enseñanza de la lengua (que no de la literatura) se ha ido decantando hacia lo puramente gramatical y hacia un aspecto único y, a día de hoy, hegemónico: el análisis sintáctico, vertiente demasiado técnica que entra de inmediato en contradicción con la plasticidad de la expresión literaria, esto es, con el arte.

Del mismo modo que las humanidades en general, la literatura ha perdido valor moral en la medida en que el propio sistema lo ha alentado. Pero debemos insistir en que la literatura posee, en sí misma, una indiscutible relevancia educativa al margen de lo académico. La literatura abre, por su propia naturaleza, una vía que pone a salvo al ser humano o, al menos, lo ampara en la adversidad. Y lo individualiza. En este sentido, dudo de que un saber gramatical –en el que machaconamente se insiste en la práctica diaria– sea capaz de alcanzar la misma altura.

Durante las cuatro horas de las que se dispone semanalmente para la asignatura de ‘Lengua y Literatura’ –cinco en primero de E.S.O.– un profesor debe combinar dos densos bloques temáticos, uno por cada materia. Y si hasta tercero de E.S.O. esa compartición es tolerable, en cuarto de E.S.O. y Bachillerato, en cambio, se vuelve más compleja. 

En el sistema educativo anterior a la LOGSE, la lengua y la literatura no se estorbaban en la enseñanza secundaria ni en el bachillerato (el BUP y COU antiguos), de manera que, de acuerdo con el nivel académico, se impartía una u otra, y su denominación era, sin injerencias mutuas, o ‘Lengua española’ o ‘Literatura española’. Pero, con la moderna estructuración, la una y la otra se resuelven en víctimas mortales. Aunque añadiría que, por causas de especificidad y de dinámica interna, la literatura resulta ser la más dañada. Es decir, obras como El Quijote, La Regenta o Niebla necesitan, para transmitirse razonablemente, un cierto recorrido, acaso no comparable al de un sintagma nominal.

Según todo esto, sin embargo, no invoco la eliminación de los conocimientos gramaticales en la enseñanza de la lengua, sino una racionalización distinta, una separación epistemológica, con su propio espacio instructivo y educativo, pero al margen de la literatura. Y, desde luego, es necesario que ese espacio se amplíe hacia aspectos que sean tratados no solo desde el punto de vista de la dura gramática, sino con un sentido más plástico y más valorable en cuanto a lo que la lengua representa como sistema de comunicación.

*Doctor en Filología Hispánica. Profesor de Lengua y Literatura

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