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Fernando Valbuena

A la intemperie

Fernando Valbuena

Cincuenta años después

Pedro Gutiérrez Moya, El Niño de la Capea, vuelve mañana a la cara del toro y del público

Cincuenta años después. El Periódico

Mañana, domingo 19 de junio de 2022, Pedro Gutiérrez Moya, El Niño de la Capea, vuelve a torear vestido de luces. Cincuenta años de alternativa le contemplan. Cincuenta años después, titularía Dumas. Torear al filo de los setenta... La semana pasada, Paco Cañamero, memoria de la charrería del toro, presentaba en el Casino de Salamanca la última de las obras salidas de su prolífica pluma: «Capea Robles». Y allí que me acurruqué en el rincón donde un busto de Unamuno, mi paisano, mi maestro, mi profeta, escruta cuanto sucede en España. A salón lleno, Cañamero fue desgranando los hitos de aquellos dos toreros, de su ciudad, de su gente y de su plaza. Dos charros, como dicen por aquellas tierras, lígrimos, puros. Dos toreros andantes y, envuelto en sus andanzas, como si de una película se tratara, se me fue el pensamiento al principio, a cuando, siendo yo niño, se me cruzaron Capea y Robles…

Mi padre, que era médico, se enredó en llevar a un torero de allí, de Baracaldo: Antonio Cano. Era más que un apoderado eso que en el toro se llama un ponedor. Y yo no más que un niño al vuelo de sus primeras luces. Ahora, lo que queda de aquel niño, vuelve al tesoro de sus primeros recuerdos. En más de una ocasión torearon los tres novilleros juntos: en Baracaldo, en Miranda de Ebro… Y yo, apenas seis o siete años, andaba por allí. De cuanto sucedía no entendía nada, pero todo me deslumbraba. El mundo abigarrado del toro. La gente del toro. Los toreros y los demás. Del primero al último. De Paco Gil a Paco el Puta. Villarcayo, Orihuela, Santander, mi infantil geografía del toro. Y Salamanca. Parada y fonda.

Lo de Cano no pudo ser. Capea tomó la alternativa el 19 de junio de 1972, mañana hará exactamente cincuenta años, en Bilbao, su plaza (y la mía). Robles lo haría tan solo unos días después, en Barcelona. Los dos galgos tras la liebre. Pero mi padre era roblista. Y yo, en el aleteo del capote de Robles, me enamoré del toreo. El capote de Robles fue mi deslumbramiento mágico. Lo he contado cientos de veces. Volvemos a la plaza a ver lo que vimos, lo que nos deslumbró por vez primera. Volvemos por si se repitiera lo irrepetible. Y profesé en el roblismo, y en esa fe milité antes y después de lo de Béziers. También en mis años de estudiante en Salamanca, una ciudad por entonces dividida en dos pasiones. Los triunfos, las puertas grandes… Lo de Béziers… Todo hasta que un frío día de enero, uno de esos que candan las charcas del campo charro, se le hizo la carne leyenda. En eso pensaba yo mientras Cañamero terminaba de firmar ejemplares… 

En el aleteo del capote de Robles me enamoré del toreo. El capote de Robles fue mi deslumbramiento

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La obra de Cañamero me la he bebido a tragos hondos. De su mano he dado un paseo por aquellos años en que nuestro mundo, al menos el mío, se dividía entre los del Capea y los de Robles. He vuelto al Gran Hotel y a Casa Pacheco. Al Tino y a Pascual Mezquita. Al Carlton y al Costa Verde. Y me he visto por allí, entre ellos, unos vivos, otros muertos. Cañamero lo pone fácil: escribe bonito y, además y sobre todo, escribe repleto de emociones… al fin y al cabo, esta historia es también su propia historia.

Mi padre me enseñó a esperar a Julio, de hecho sigo esperando a que pase el tren por esta estación abandonada, pero también a aplaudir sin doblez los triunfos de Pedro. Mañana torea en Guijuelo, una plaza con solera. Lo hará acartelado junto a su hijo y a su yerno, circunstancia por sí sola suficiente para ganarse un hueco en la Historia del toreo. Pedro Gutiérrez Moya, El Niño de la Capea, vuelve a la cara del toro y del público. Si me he emocionado leyendo lo de Cañamero, ¡qué será mañana en Guijuelo! 

*Abogado

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