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El Periódico Extremadura

Diego Fernández Sosa

Tribuna abierta

Diego Fernández Sosa

Profesor de Lengua y Literatura

Recobrada memoria

Bajo la dirección editorial del poeta Carlos Medrano se ha editado un libro colectivo que homenajea y recuerda a Ángel Campos Pámpano

Ángel Campos Pámpano en una imagen de 2005. Santi García.

Bajo la dirección editorial del poeta Carlos Medrano, acaba de publicarse hace unas semanas Recobrada memoria (Vberitas, Don Benito). Se trata de un libro colectivo que homenajea y recuerda a Ángel Campos Pámpano (1957-2008). La edición –no venal– se ha hecho coincidir con la fecha de su nacimiento, un gesto implícitamente luminoso y de celebración, que quiere alejarse del tópico de los aniversarios luctuosos. La obra concita en torno a cincuenta autores, todos ellos de un modo u otro amigos de Ángel, además de sus dos hijas.

La estructura del libro parte de la idea de una de las primeras entregas poéticas de ÁCP, Materia del olvido (Mérida, 1985), publicada en la colección «Arco iris», uno de los proyectos creativos del poeta visual Antonio Gómez. Esa brevísima obra está compuesta por una serie de dísticos, de decantada y diáfana dicción, inspirados en escritores del gusto y la admiración de ÁCP. Siguiendo este mismo impulso poético, los autores de Recobrada memoria evocan, también en dísticos (y en poemas visuales), aspectos de su personalidad, su amistad y su obra. 

Traer a la memoria a ÁCP es recordar –para mí y para las promociones que tuvimos el extraordinario privilegio de tenerlo como profesor de literatura– una edad dorada. En este sentido, una parte no desdeñable de su labor docente la desempeñó en Guareña, entre 1984 y 1989, es decir, entre sus 27 y sus 32 años. Él era muy joven por entonces, pero los rasgos de su personalidad (su carisma: nobleza, cordialidad, empatía, amor por los libros y por la palabra...) enseguida hicieron despertar entre nosotros, sus alumnos, una formidable estima hacia él, acostumbrados como estábamos todavía a cierta rémora tardofranquista.

Su entusiasmo por la transmisión de la cultura (condición que –sobra recordarlo– lo mantuvo siempre en un primer plano en Extremadura), por la literatura y, particularmente, por la poesía, lo llevaron a organizar durante aquellos cursos varias ferias del libro en el propio Instituto, ámbito en el que, además, y por primera vez en nuestra vida, pudimos conocer directamente a escritores que publicaban su obra en esos momentos y de la cual hablaban ante nosotros. Además, en ese mismo contexto de vivencia cultural, Ángel se preocupó por invitar a dos personalidades de incontestable relevancia para Extremadura: Juan Manuel Rozas y Ricardo Senabre, que pronunciaron sendas conferencias –abiertas a todo el público– sobre los dos poetas históricos de Guareña, Luis Chamizo y Eugenio Frutos. 

Era necesario –lo supimos después– que alguien instituyera ciertos principios culturales y que nos transmitiera la idea de que la cultura es algo que debe desarrollarse dentro de una comunidad y no al margen de ella. En la memoria de muchos guareñenses seguramente pervive esta impronta. Y es que todo aquello nos parecía –puesto que lo era– originalísimo, novedoso y lleno de atractivo, y representaba, para un pueblo aún dormido –según creo ahora– toda una revelación.

Recobrada memoria se abre con un prólogo, «La voz que permanece», en el que Carlos Medrano revisa la figura de ÁCP conforme a una serie de vertientes cuya percepción se torna común a todos aquellos que lo tratamos. De entre esos planos quizás haya uno que se distingue, en la medida en que todos lo asumimos en su día, merced a la autenticidad moral que contiene y que Medrano pone de relieve ayudándose de un fragmento del poeta Francisco Javier Irazoki, que también conoció a Ángel: «He visto [en mis viajes a Extremadura] una comunidad unida por el nombre de un creador ausente». 

Es cierto: el tiempo ha transcurrido y, sin embargo, perpetuamente esplende en nuestra conciencia colectiva la memoria de Ángel Campos Pámpano.

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