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El Periódico Extremadura

Mar Gómez Fornes

Una casa a las afueras

Mar Gómez Fornés

Flores impensables

¿Será que la pobreza es en sí una patria? Indagar en la lentitud es algo que en algunos países representa la máxima aspiración. Más que una moda o tendencia es el ideal para llegar a obtener una vida en armonía; retirarse a un remanso donde todo es pausa, plenitud donde hasta el tiempo se demora o derrama como hace la lluvia perezosa en otoño que no cae del cielo, sino que se desprende lenta y apaciblemente; no desciende del cielo, sino que parecen hilillos descosidos del pespunte de una nube.

Hay una languidez en todo aquello que se hace lentamente, que se hace esperar o nunca llega, en aquello que se desvanece como la esperanza. Es por ello que en algunos lugares del planeta nada se espera, nada se anhela, no se persiguen cometas si no están provistas de hilos de los que en un momento dado poder tirar. Dicho de otro modo: no se buscan imposibles o bien se rebajan las expectativas para no toparnos de frente con la frustración.

Hay otra cara no tan deleitosa, amable o bucólica de la lentitud, por ejemplo, son muchos los sinónimos de la palabra lentitud que caminan en dirección opuesta al placer. Aquí van unos cuantos: abandono, descuido, flojedad, morosidad, pereza, vagancia, inanición, cuajo.

El tren de cierta velocidad que lleva tiempo intentando desplegar sus alas de plomo en Extremadura ejemplifica a la perfección la asadura con que se ha tomado el asunto del transporte en la región, es una de las cuentas pendientes más acuciantes que padecemos y sobre la que parece haber caído, no una sino un ramito de maldiciones. 

¿Seríamos los mismos sin tener que pelear una y otra vez por tener al fin estas benditas alas para volar? ¿Qué lugares podríamos haber avistado de haber tenido esas portentosas buggys rodando nuestros raíles? Sin duda que nuestra línea de desarrollo hubiera sido a estas alturas inimaginable.

Pero esa misma lentitud con que llegan las cosas a determinados territorios los hace mágicos. No seamos agoreros ni todo el tiempo tan tiquismiquis. Yo misma pienso en Extremadura como ese lugar apartado del caos; es una tierra que reconforta, que aporta paz mental, silencio… flores impensables en un mundo al alcance de todos. Transitar por ella es ir oyendo campanas y rosarios subterráneos; soledades verdaderas; silencios punzantes; una frutería en cualquier puerta; una plaza con su fuente de chorritos; un paseo largo, abuelas a la puerta como un paisaje resquebrajado por cientos de grietas.

Largamente la vida.

Nada se percibe como una iluminación salvo el regreso de los que se fueron. Traemos abril en las manos para el mundo pues nada hay más bello sobre la tierra que esos abriles nuestros; salpicados los manteles de hierba con miga de pan margarita. Si el tren no llega al tiempo de las flores se pierde todo un espectáculo de resplandecientes praderas y sus viajeros tardíos habrán dejado de ver la luz en la luz.

Pienso en los bosques ingleses, empapados, como si de ellos brotara la misma lluvia y pienso en aquellas señoras forradas en brocados, viajando en trenes románticos embriagándose de campiña, vacas e iglesias; damas de buena pluma robusteciendo, vigorizando la literatura en cada viaje, dando fe de la vida y sus quehaceres, anotando ríos y luces, abrochando al papel lentejuelas de rocío, colinas, árboles goteando flores… hasta el satén negro de unos cuervos cruzando por la ventana. 

Cuántas cosas se han quedado sin contar de nuestra tierra por falta de un tren donde viajar románticamente; sin el sobresalto de una avería que enturbie las alas en pleno vuelo. Qué felices seríamos sin tanta montaña de burocracia ensombreciendo el trayecto. Cuántas lunas menguantes y rebaños hemos dejado de contemplar…

¿Será que la pobreza es en sí una patria, nuestra patria? ¡Tantas veces que nos hemos ido a casa con la promesa, para descubrir que aquello era tan solo una ensoñación!  

* Periodista

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