Kiosco

El Periódico Extremadura

Mario Martín Gijón

Espectráculo

Mario Martín Gijón

Valentiana

Esta semana se cumplieron 22 años de la muerte de José Ángel Valente (1929 -2000), seguramente el poeta español más importante de la segunda mitad del siglo XX. Recuerdo la impresión que me causaron, en mi época de estudiante, las lecturas de No amanece el cantory Fragmentos de un libro futuro. Lamenté que por solo dos años no hubiera llegado a Cáceres a tiempo de ver a Valente leer en el Aula Valverde, en una visita que he oído narrar por varias voces. Y es que el poeta gallego ha dejado una huella especial en Extremadura, siendo su influencia evidente en poetas como Ángel Campos Pámpano o Ada Salas. En mi caso, llegué a plantearme escribir mi tesis sobre su obra, aunque finalmente la dediqué a José Herrera Petere, poeta muy distinto, pero con el que curiosamente Valente coincidió en Ginebra, y sobre el que me parecía que había más cosas que decir, pues la bibliografía valentiana es abundantísima.

Una duda similar sobre si «es posible decir algo nuevo sobre un poeta que ha tenido tantos lectores expertos», la tuvo Manus O’Dwyer al iniciar su tesis en Santiago de Compostela, publicada recientemente bajo el título Memory and Utopia. The Poetry of José Ángel Valente. La respuesta es claramente afirmativa, como se hace evidente tras la lectura de un libro que sin duda merece ser traducido y publicado pronto en español.

La principal aportación de O’Dwyer es impugnar, con argumentos y textos en la mano, el tópico por el cual Valente habría tenido una primera época de compromiso social y una segunda en la cual su lírica se sume en un solipsismo casi místico. Dividido en cinco capítulos, el libro comienza por abordar la ‘poética de Valente’, afirmando que, pese al tópico aludido, «es posible identificar un hilo común» en la obra del poeta, y que es «una preocupación constante por la relación entre poesía, cambio político y memoria cultural que cobra especial resonancia en el contexto de las secuelas de la guerra civil española». La diferencia es que Valente rechazaba el simplismo de la poesía social tal como era pregonada por ciertos poetas, tanto como rechazaba el dogmatismo comunista del que fueron víctimas escritores como su amigo cubano Calvert Casey. Su poesía quiso abrir vías menos panfletarias y simplistas, pero siempre definidas por «un compromiso ético con los derrotados y un deseo de un futuro alternativo o utópico». Por ello lamentaba el anquilosamiento de algunos poetas, entre los que incluía a Petere, al que en Melancolía del destierro llama «hermano consumido en habitar tu sombra», y estaba convencido de que la izquierda no puede vivir del pasado sino que ha de revivir la energía de sus momentos más brillantes para reinterpretar el futuro. Para atisbar ese porvenir, Valente rompe con los lenguajes codificados, tanto el nacionalcatolicismo franquista como el estalinismo o el militarismo yanqui, como mostró en su Presentación y memorial para un monumento o en La memoria y los signos.

La lírica última de Valente busca un vínculo para una nueva comunidad antidogmática, que O’Dwyer pone en relación con las que esbozaron pensadores como Blanchot, Nancy o Agamben. Su indagación de una palabra tan comprometida como exigente encuentra compañeros de viaje en la lectura de Edmond Jabès y Paul Celan. Valente sentía cercano lo judío, tanto por considerar a judíos y republicanos como víctimas de «un prolongado y tenaz proceso de aplastamiento de la diferencia en un país que había nacido y se había conformado en la diversidad», como por la tradición cabalística de «un lenguaje infinitamente abierto a la interpretación». En Celan, además, vio una poesía volcada sobre el ‘tú’, que distingue del solipsismo de Juan Ramón Jiménez, cuya obra ve como de una «sentimentalidad clausurada» y narcisista. 

* Escritor

Compartir el artículo

stats