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El Periódico Extremadura

Mar Gómez Fornes

una casa a las afueras

Mar Gómez Fornés

Sobre el abandono

Hasta que llegue el otoño no queda otra que transitar por el escaparate de bermudas y alpargatas. Paciencia

El verano bien podría merecer un ensayo sobre el abandono, sobre las distintas formas de abandono que existen, sufrimos o practicamos. Sí, el verano bien podría ser uno de esos lugares abandonados ya que parece diseñado para aquellos que buscan hasta el abandono de sí mismos. Un lugar sin nadie es la idea que tengo del verano: algo hondo en lo profundo, un lugar seco, amarillo, arrasado; una planicie de cigarras. 

El verano es como la leyenda que he leído en alguno de esos libros polvorientos y abandonados -la lectura es otro de esos lugares abandonados- que viene a decir que las luciérnagas nacen metamorfoseadas por hierbas podridas, mustias… Otra clase de abandono, pues si está mustio es que está marchito, desflorado, tal y como se sienten las personas abandonadas, aunque sea por el corto espacio de un verano. 

Las hierbas mustias no son otra cosa que un charquito estancado, - ¿cómo diría?, una categoría inferior al vaso de agua derramado, por ejemplo-habitado únicamente por el reflejo de lejanas luces; y esas remotas luminarias no son más que bombillitas que en forma de piruletas colgantes adornan veladores y casetas que proliferan de verbena en verbena, son motas de espuma en los mares de cerveza. 

El verano es el camino que va desde la nostalgia del otoño hasta el fulgor de la primavera. Es un trayecto en el que todo salta por los aires: el buen gusto y el olor de las castañas; todo queda expuesto, la piel al completo con sus infinitos pliegues, kilómetros de piel derramándose sin control por las playas hasta convertir las dunas en un gigantesco depósito de cuerpos abandonados.

Hasta que llegue el otoño no queda otra que transitar por el escaparate de bermudas y alpargatas. Paciencia, ya llegará el tiempo de contemplar los castaños de agua con sus hojas de canela fragantes y luces arreboladas. El verano no es tiempo de rosas solo de erizos. Las flores no se abren no brotan. No apetece bajar a la calle pasear y comprender los árboles, el roce de los pájaros en su copa, apenas hay sombra para cobijarse y sentarse a estar feliz y pensativo. El verano solo urge a encontrar el mapa de un refugio a la sombra.

En verano el cuerpo no está para sentimientos solo para desnudamientos.

En cambio, qué pocos son los que aprovechan para ir a los astilleros del puerto, escuchar las charlas de los calafates y de los marinos, jóvenes grumetes o viejos hombres de mar… aspirar todo el salitre del mar. 

Casi nadie va al mar a buscar casitas de pescadores; todos quieren dejar al aire los huesos del esqueleto para que, al pasar, la gente admire aquello que han esculpido en el gimnasio. ¡Cuánto extraño un abrigo pulóver de lana para tapar estos desenfrenos de la piel! Parece que la elegancia ha quedado abolida. 

El campo árido quiere agua, en cambio… el fuego se la bebe toda. Hay un cuento al respecto del abandono en el campo:

Érase un niño que al despertar pidió leche, pero un ratón se la bebió. El niño gritó, su mamá corrió a pedirle leche a la cabra. La cabra dará leche si tiene hierba para comer. El ratón va al campo para que le dé hierba, nada. Va a la fuente que ha sido destruida por la guerra. El ratón va a la montaña que ha sido desarbolada por los especuladores y pide explicaciones al ratón; éste le cuenta todo lo sucedido y promete que el niño, cuando sea mayor volverá a sembrar pinos, encinas, castaños para que así reciba tanta leche que hasta se puede bañar con ella. 

Moraleja: crece, siembra árboles y todo cambiará; desparecerán los huesos de la montaña bajo el nuevo humus, la precipitación atmosférica se normalizará porque los árboles retendrán los vapores e impedirán que los torrentes destruyan la llanura. Salvemos un país arruinado por el desmonte.

* Periodista

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