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El Periódico Extremadura

Alberto Hernández Lopo

Extremadura desde el Foro

Alberto Hernández Lopo

La cosmética en las normas

Aquí ayuda la polarización social, que es aprovechada políticamente

Ir en Andalucía a comprar a las diez de la noche, por ejemplo, una cerveza, es imposible si no es en un establecimiento donde puedas consumirla. Cinco minutos antes (con la edad suficiente) puedes adquirirla. Incluso es probable que un bar te la venda para llevar, a un precio seguramente más alto. Esta medida es una práctica común en las comunidades autónomas, pero con distintos ‘husos horarios’. La norma se motivó hace una década buscando erradicar la práctica del botellón y el consumo de alcohol en la juventud. Las estadísticas no dicen que haya pasado lo segundo (lo primero, sí; sólo que debido a la imposición de multas y un mayor control policial). Falta hace que vuelvan a explicar a muchos legisladores que correlación no implica causalidad.

El polémico Real Decreto de regulación de medidas de ahorro energético impulsado por el gobierno comparte características con la citada reglamentación: objetivo sensato, pésima ejecución. Que el gobierno acometa una racionalización energética en lo que se prevé como un duro invierno (el principal reto de Europa ‘desvelado’ por el conflicto en Ucrania es su alta dependencia exterior) es incluso loable. El diablo, como siempre, está en los detalles. Siendo ya llamativa la falta de diálogo con la oposición para sacar adelante la medida, la lectura del texto legal nos lleva a pensar que es un auténtico disparate. Más allá de todo el ruido de sables con Madrid y demás circo mediático, que interesa poco (o menos).

Es decir, no hace falta ser muy listo para saber que no es lo mismo las doce o las dos de la tarde en nuestra Extremadura que en Asturias. Ya es disuasorio para un usuario de establecimientos privados, pero dirán algunos que entrar es voluntario (desde luego, probarse ropa a 30 grados no es apetecible). En determinados establecimientos públicos donde debemos llevar a cabo trámites en muchas ocasiones obligatorios, estas asimetrías matan el espíritu de la ley. Y las ganas de entrar, por descontado.

No es cuestión, además, de discutir sobre las distintas excepciones o limitaciones que acabará imponiendo la norma (que será enmendada próximamente, ya verán) sino de la pública sensación de que es poco más que un brindis al sol. Aún compartiendo ampliamente el objetivo de ahorro energético, la buena intención no remite la sensación de que se está regulando una pequeña parte por el todo y que la aplicación recae en los que siempre se ven obligados a cumplir. No es una solución sino un parche.

Cuesta tener que subrayar a estas alturas dos aspectos, que parecen evidentes, pero no se están cumpliendo en nuestra producción normativa. Primero, que una norma debe ser coherente en sí misma y estar en sintonía con el ordenamiento en el que se inserta. Segundo, que sin capacidad real de aplicación no estamos en presencia de una verdadera ley.

Sin embargo, ese es el camino, amplificado por las comunidades autónomas, adoptado en el proceso de regulación de muchas medidas. La era de la ‘cosmética en las normas’: no es necesario que cumplan su finalidad, sino que parezca ‘que se hace algo’. Cuando precisamente las leyes no tienen que sólo que parecer, sino primero ser: suverdadero lucimiento está en su capacidad de aplicación (el enforcement anglosajón que, sin que sirva de precedente, aquí encaja perfectamente) y resolución de problemas.

Existen muchos ejemplos de leyes cosméticas y de partidos que las han usado como una herramienta política. Con todo, se hace difícil pensar en superar a un gobierno como el actual en este sentido. La pandemia del covid ha acelerado la aceptación por parte de gran parte de la población de las normas dictadas, sin comprobar si tenían sentido o si son coherentes con el objetivo que pregonan. Simplemente se han asumido ampliamente, en un ejercicio que quizás tenga mucho de sensatez, pero que sin duda también lo tiene de ciega obediencia.

Aquí ayuda la polarización social (la gran debilidad de la sociedad actual, señala Fukuyama), que es aprovechada políticamente. La desconfianza de unos hacia otros favorece la falta de crítica hacia la norma. Que tenga sentido o no, poco importa. Otro la derogará.

*Abogado, experto en finanzas

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