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Mar Gómez Fornes

una casa a las afueras

Mar Gómez Fornés

Landero dixit

El laureado escritor avisaba ya con el sutil desarreglo de su corbata y el ruido de su pelo, que no iba a ser una noche fácil; advertía

Asombrarse de la espiga y bajar hasta las chozas -que diría el poeta Manuel Pacheco- condensa el destello de un discurso cuyos ecos resuenan en las colgantes enredaderas del peristilo romano. Se acabó el sentimentalismo de la oratoria regionalista. Algunos a esta hora se recuperan de la resaca reivindicativa y la elocuencia de Luis Landero, escritor de alta gama que en la pasada noche del 7 de septiembre se metió en el digno papel de un revisor impaciente. ¡Viajeros al tren! Fue decir esta frase y afloraron los tópicos como en una película inglesa: la niebla sobre las vías, un silbato en la lejanía… la no merecida oscuridad. 

La palabra «inglés» solía representar un parasinónimo de buena calidad, buen paño, refinamiento o envidiable puntualidad.

La reina ha muerto viva el rey. Pompa y circunstancia, Opus 39… La expresión «Pompa y circunstancia», tomada de un texto dramático de Shakespeare, es el título de una conocida marcha orquestal del músico británico Edward Elgar que se estrenó en 1901. Doblan las campanas. Al jueves se le ha puesto color noche oscura del alma: «Adiós al relincho del corcel de batalla, al tambor que conmueve el espíritu,al pífano que perfora los oídos, a la bandera real y todas sus cualidades, orgullo, pompa y circunstancia de la gloriosa guerra.»

¿Y ahora, sobrecogida por tan solemne luto, cómo puede una sentarse a escribir sobre la diminuta porción de tierra que se funde con La Raya portuguesa y sobre la que la puntualidad de los trenes es de todo menos inglesa? 

Por debajo del teclado y las notas de Elgar se cuelan las palabras encendidas del escritor Luis Landero. ¡Ay que noche oscura y tan negra, del color de los carbuncos encendidos! 

El laureado escritor avisaba ya con el sutil desarreglo de su corbata y el ruido de su pelo, que no iba a ser una noche fácil; advertía, con su tono grave pero sereno, del aguacero que se cernía sobre las gradas del teatro; sus gestos anunciaban que no sería un trámite fácil porque venía de casa golpeado, sofocado, con las tripas revueltas y los palos del sombrajo bajo el brazo. 

Luis Landero no sabía la noche del miércoles que a la pobre Lilibeth le quedaban horas, pero ya convocaba desde Mérida con sutileza de lluvia fina al ejército de trombones, tubas y trompetas. 

Cuando Landero salió al escenario nada de aquello se intuía, parecía que fuera a contarnos una historia ridícula, como el que acude allí a hablar de un caballero de fortuna, del huerto de Emerson o los juegos de la edad tardía. Pura absolución. 

La reina ha muerto. Su lema: el deber, ante todo. Fagotes y cascabeles.

¡Qué inesperada circunstancia invitar a Landero al acto institucional más importante y que interprete allí mismo, cual Margarita Xirgu, el rey de los sermones! la rociada de reproches aún es lluvia fina que cala y sorprende… O ¿acaso lo sabían? «Cordialmente, sois unos canallas» dijo allí mismo. Y el eco atravesaba las estrellas. Las palabras parecían venir de un balcón en invierno, tal vez de un guitarrista o de Júpiter. Pero ¿del mismísimo Landero? «Iréis al infierno» seguía. La vida ya no era negociable.

Por mínima revisión que se presuma en los detalles de un acto tan relevante como es la entrega de las medallas de Extremadura, me pregunto si es posible que nadie en el entorno del presidente Guillermo Fernández Vara sospechara tal cúmulo de réspices. Arpas, violas y violines. 

Hay que atravesar las sombras para llegar a la luz. Al fin y al cabo, Luis Landero fue invitado para hablar de su tierra, y vaya si lo hizo, con precisión de relojero inglés. Llegó sin hacer ruido y al hablar ensartó un panegírico en la misma carne de la clase política que aún suena como aullido de lobo.

Dios salve a la reina, a Landero y a cuantos excéntricamente Landero mandó a los infiernos.

* Periodista

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