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El Periódico Extremadura

Mar Gómez Fornes

Una casa a las afueras

Mar Gómez Fornés

Pétalos de balneario

La soledad no es sencilla, algunos días se nos hace bola, fastidia como un dolor de muelas o una devastación por causas naturales

¿Qué dirían que es la soledad?… ¿una idea antigua, una palabra llovida desde algún lugar del alma, un jardín de otoño?  Yo digo que es una parcela sembrada de santuarios silenciosos por los que hay que pasar con el vestido blanco de la aceptación y una cesta con flores frescas. Estar solos una vez en la vida debería ser una asignatura obligatoria desde los tiernos años de formación académica y personal. 

La soledad forma parte, como ningún otro pilar, de nuestra arquitectura vital… ¿Qué otra cosa pretenden evocar los templos o cementerios sino la soledad a la que nos lleva el destino? Son lugares en los que no huele a sofrito de cebolla, ni a pan ni a madalenas; en ellos nada recuerda al ruido de una habitación de juegos, ni un salón con la televisión por toda compañía.

La soledad es una cajita preciosa y llena de cosas que te ponen melancólica, que huele a esencias de loto y jojoba y además alberga un oceánico desierto. Yo veo la soledad como si fuera el jardín de mi casa, lleno de vida bajo las hojas, donde florecen sin permiso las salvias y verbenas. Y cuando las flores se marchitan atisbo ahí la señal de un exceso de soledad; o en el imprevisto pinchazo de una espina que la rosa me escondía… pero respiro y me digo que al fin y al cabo en el jardín todo sucede en su orden repetidamente, de la misma forma que llega el vigor, el zumbido de la primavera, ha de llegar el letargo, el ocaso, la niebla cubriendo el teatro de las flores.

La soledad no es más que esa vocecilla que llevamos dentro narrando paisajes, estaciones y desavenencias, en días de mesa de camilla es más benévola y ofrece un cierto parecido a la lluvia rosa que forman al caerlos pétalos de un cerezo.

La soledad se acerca más a la pureza de la insuperable nada en la que los maestros puristas del silencio y la excelencia han optado por vivir. En algunos archivos de la cultura japonesa se recoge esta tendencia como la única elección para hacer aflorar lo mejor de cada uno. Se dice que los japoneses que llevan una vida espiritual auténtica, genuina, abrazan una actitud ante la vida que prescinde de casas, enseres domésticos y hasta de jardines. Explican que no se trata de una resignación a la pobreza, o de una clase de privación o renuncia a estar en el mundo como el resto, sino que es la forma de alcanzar un espíritu profundísimo, “lujosísimo y aristócrata”, en palabras de Sakaguchi Ango en su ensayo sobre La decadencia.Es decir, no conciben el gusto por las distracciones que acarrea el dinero con su abundante afluente el consumismo.

Esa serenidad es la que nos habla desde la soledad y allí no huele a fábricas ni a supermercado en hora punta a la salida del colegio.

Es cierto que la soledad no es sencilla, algunos días se nos hace bola, fastidia como un dolor de muelas o una devastación por causas naturales. Claro que duele y trae tormentas que destrozan el jardín. Pero un hombre libre de soledades es inconcebible. Para empezar, si nos dedicáramos a estar siempre rodeados, divertidos, acompañados… la compañía dejaría de ser especial y placentera. Hay soledad porque existe el cansancio de los otros, porque han invadido nuestro espacio y las baldas del baño.

Sí, la soledad es un recurso, un balneario para mentes saturadas, un manantial de inspiración, pero también de oquedades y claros inconmensurables.

Hay que recorrerla como se viaja hasta un poblado de pescadores o una fábrica de hielo seco, con la sensación gigantesca del asombro porque la soledad finalmente no es más que el principio de un ciclo, el de los tranquilos atardeceres que conducen al final. Daos cuenta y miradla de frente. Es un perfecto día de lluvia en la ventana. 

*Periodista

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