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El Periódico Extremadura

Aracely R. Robustillo

Macondo en el retrovisor

Aracely R. Robustillo

Periodista

Puñeteras, mentirosas y retorcidas

La pasada semana, la hermana de Manuela Chavero, Emilia, relataba el calvario de la familia

Tuve un compañero hace tiempo que de vez en cuando soltaba, medio en broma, medio en serio, que todas las mujeres eran puñeteras, mentirosas y retorcidas. El ‘chascarrillo’ en cuestión, para mi sorpresa, sobre todo las primeras veces, no sólo le ganaba la sonrisa cómplice de algunos hombres, sino también la de alguna que otra fémina. Justo ayer, cuando se cumplieron dos años desde que, Eugenio Delgado, el asesino de Manuela Chavero, admitiera haberla matado, me vino la anécdota a la cabeza, y pensé en el peso y la importancia del lenguaje y los calificativos en la vida.

La ligereza con la que se utilizan según qué adjetivos para banalizar sobre nosotras, mientras algunos se resisten a usar para los hombres epítetos mucho más ajustados a la realidad, incluso en los casos más clamorosamente claros. Pasó cuando detuvieron a Delgado, un hombre de 28 años, que había participado en las batidas de búsqueda de la mujer a la que había asesinado con sus propias manos.

Algunos medios de comunicación de este país le describieron como ‘amante de los animales’ tras su detención. Hablaron de su ‘timidez’ y de los ‘dramas familiares’ que habían salpicado su vida; pequeñas pinceladas que sonaban a justificación, mientras otros, especulaban con la vida sentimental y sexual de Manuela y la tachaban de ‘femme fatale’.

El imaginario colectivo piensa la astucia, la manipulación o la malicia en femenino, y se lleva ‘las manos a la cabeza’ cuando la actualidad obliga a cambiar su género. Lo vemos en los informativos a diario, las reacciones de sorpresa ante el comportamiento de ese ‘ciudadano ejemplar’, que ha acabado con la vida de su pareja o de sus hijos, en los terribles últimos casos de violencia vicaria. Frases como: «parecía un hombre muy normal, o muy educado, o muy buen padre», que en el contexto de la sección de sucesos, rayan lo dantesco.

Hay quien dice que los monstruos no existen, pero yo creo que sí. Y que en nuestro país, la mayoría de ellos no cumplen una condena legal o social proporcional al daño que han causado, que muchas veces se extiende más allá de la víctima y del crimen ‘oficial’ cometido.

Hasta que la justicia repare ese vacío legal hay otras formas de ‘condena’ que deberíamos ejercer

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La pasada semana, la hermana de Chavero, Emilia, relataba a este diario el calvario de la familia, antes, durante y después de que se resolviera el caso. Las secuelas psicológicas que sufre y que los expertos han calificado de «crónicas y altamente incapacitantes»: ataques de pánico, depresión, insomnio y ansiedad.

No es para menos. La idea de que un ser tan querido al que buscaron durante tanto tiempo estaba enterrado a pocos kilómetros de su casa, desde pocas horas después de su desaparición; y de que el asesino que le quitó la vida había presenciado todo ese sufrimiento, casi en primera fila, deben ser, sin duda, conceptos difícil de digerir. Implican que el lado más oscuro del ser humano, ése que creemos exclusivo de las noticias o de las películas de terror, a veces puede estar tan cerca, escondido entre lo anodino y lo cotidiano, que debe resultar imposible volver a dormir tranquilo después de haberlo mirado a los ojos.

Eugenio Delgado, no era un ‘pobre hombre’, es un sádico sexual, según un informe realizado por los expertos de la Sección de Análisis del Comportamiento Delictivo (SACD) para el juzgado de instrucción 1 de Zafa, que disfrutó no sólo causándole dolor físico a Manuela, sino también a su familia durante todo el tiempo que estuvo desaparecida.

Igual que los asesinos de Marta Calvo, Marta del Castillo o Diana Quer, incrementó gratuitamente el padecimiento de los suyos al ocultar el cadáver de su víctima, ocasionándoles un sufrimiento que los psicólogos forenses califican como «duelo congelado», una atrocidad que todavía no se considera delito en España.

Pero hasta que la justicia repare ese vacío legal hay otras formas de ‘condena’, que como sociedad deberíamos ejercer de forma contundente. No solo para que estas familias se sientan acompañadas y arropadas en su dolor, sino como sistema disuasorio y de prevención.

Cuidando lo que decimos, pero también, lo que no decimos. Llamando alto claro y por su nombre a los asesinos, violadores o maltratadores, sin que haya ‘atenuantes’ que valgan. Y dejando de cuestionar a las víctimas, dando a entender de una manera velada y perversa que de alguna forma se buscaron lo que les pasó; por no decir que no, por su manera de vestir o por su actividad en redes sociales. Porque eso sí que es retorcido. 

* La autora es periodista.

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